¡Cómo me gustaría hacer lo que soñé esta noche! Estaba con Marcos y Juan. Teníamos un cohete espacial. Lo habíamos construído en el garaje de Marcos. Nos había ayudado su padre. Y decidimos probarlo en secreto. A Juan le pareció que la mejor hora iba a ser durante la siesta. Y todos estuvimos de acuerdo. A las 3,30 quedamos para hacer nuestro viaje espacial. Ibamos equipados con los cascos de las bicis y las gafas de buceo. Llevamos el cohete hasta el final del jardín y nos metimos dentro. Sorteamos y me tocó ser el primero en ir de piloto, así que yo iba delante y ellos dos atrás. Nos atamos los cinturones y todos a la vez recitamos fuerte las palabras mágicas de ponerlo en marcha:

—“Etecoh ocipaes la buse” (o sea, sube al espacio, cohete).

Y enseguida empezó a subir a las nubes. Al principio iba despacio, pero pronto empezó a aumentar la velocidad y en pocos minutos estábamos por encima de una nube blanca que parecía de azúcar. Yo enfilaba hacia arriba, esquivando la luz del sol, porque no quería que nos cegara los ojos. Le dije a Marcos que sacara el mapa de viaje que habíamos dibujado la otra tarde. Se puso a buscar en la mochila y no lo llevaba, pero sacó un paquete de galletas con chocolate y empezó a repartirlas. Menos mal que Juan dijo que no nos preocupáramos, que se acordaba perfectamente de la ruta. Lo malo es que no iba de piloto, pero prometió indicarme sin equivocarse los cambios de dirección. Y era un buen copiloto.

¡Qué guay ver desde el cielo las casitas tan pequeñas y el río de color gris! Las vacas apenas se distinguían y los coches en la carretera eran como hormigas que apenas se movían.

De pronto, vimos a lo lejos un avión enorme volando mucho más alto que nosotros. Soltaba una raya de humo blanco y hacía un ruido que nos dejaba sordos. Justo cuando iba a pasar por encima de nuestra nave sentí como un vaivén, un temblor raro…y me desperté.

Imagen: www.teleobjetivo.org