CAPÍYULO 2

No puedo dejar de pensar en ella: sus besos, sus caricias, su forma de hacer el amor. Su pelo negro, brillante y suave; su piel cálida y oscura; esos ojos grandes, siempre pintados con arte; esa boca gruesa, jugosa y suave; una sonrisa que contagia y una voz grave que sabe a miel… me ha vuelto loco… no entiendo por qué se lió con ese puerco. Cada vez que los veo juntos me hierve la sangre, se me revuelven las tripas y me cabrea pensar en cómo le dará a él lo que me niega a mí. Es una golfa sin escrúpulos que no merece nada.

Si la llamo, no me coge el teléfono; si le pongo mensajes, no me contesta. Estoy que me muero por recuperarla y conseguir que sea mía, sólo mía. Algunas veces la seguí con el coche y tampoco logré que se subiera. Pero hoy va a ser distinto. Ya sé en qué sidrería trabaja y la voy a esperar a la salida. Ha de volver conmigo, quiera o no quiera. O mejor, entraré y la convenceré. Esta vez no se escapará.

(Ha estado bebiendo).

Son las 12,30, hora de ir a su encuentro. Debo estar convincente. Me siento bien. Hoy va a ser nuestra gran noche. Apenas hay clientela, mejor.

—Buenas noches, cholita.

—¿Qué haces tú por aquí?

—Quiero invitarte a una sidra. Como amigos. No la vas a rechazar… podemos ser amigos tú y yo ¿verdad?

—No sé… desde luego, lo que sí es seguro es que durante mi trabajo no bebo.

—Por eso no te preocupes. Te espero y nos la tomamos cuando acabes.

—Me esperan mis hijos en casa, bien lo sabes.

—Precisamente. Estuve de viaje la semana pasada y me acordé de ellos. Les traje una Nintendo DS, seguro que les va a gustar. La tengo en casa. Luego podemos pasar por allí y la recoges.

—No sé…no tengo ganas de volver a tu casa.

—No será necesario que entres. Pasamos por allí, te la doy y te acerco hasta tu casa.

—No quiero que se me haga tarde. Mario me espera siempre despierto.

—Te prometo no entretenerte. Sólo quiero que seamos amigos.

Mientras espera, sigue bebiendo. Tras cerrar el local, salen en el coche.

—Mira, cholita, lo mejor es que nos tomemos la última copa en mi casa.

—Es tarde. Me das el regalo de los niños y podemos tomar esa copa otro día.

—Vamos, mujer, será un ratito más. Ya te he dicho que luego te llevo a tu casa.

El coche sigue avanzando veloz por las calles ahora vacías. Las farolas iluminan la noche veraniega y ocultan el brillo de las estrellas. Cada minuta que pasa va creciendo en su interior con más fuerza la ira acumulada durante estos meses en que ella no ha estado con él. Nada turba la paz de la casa.

—Anda, choli, pasa un minuto. Cogemos el juego y nos vamos.

—Bueno. ¿Por qué abres con tanto cuidado?

—Esta cerradura no va bien. Voy a tener que cambiarla.

—Venga, choli, nos tomamos una copa; somos amigos, vamos a seguir siendo amigos, quiero ayudarte.

—Mejor me das el paquete y nos vamos. Tomaremos la copa cualquier día de éstos.

—¿Por qué tienes tanta prisa? ¿No voy a llevarte? Tranquila. Seguro que los chicos están durmiendo. Vamos a celebrar que somos amigos.

—Mira, Jota, tengo prisa, estoy cansada, no es buen momento. Otro día podremos seguir hablando. Llévame a mi casa, por favor.

—Pasa al cuarto, que está allí el paquete.

Ella va delante. Enseguida él se acerca por detrás, le echa las manos al cuello y aprieta con fuerza. Ella intenta zafarse, abre mucho los ojos, quiere gritar, nota que el aire le falta, se le hinchan las venas. Piensa en el inmenso error que ha sido creer a este hombre y se da cuenta de que ya es demasiado tarde.

—Aquí tienes el regalo, golfa de mierda. Ahora eres mía, de nadie más, sólo mía.

Saldré a dar una vuelta. Necesito pensar qué hacer ahora. La mulata se lo tenía bien merecido. No se juega así como así con Jota. Lo que está claro es que no puedo volver a casa. Tengo que desaparecer como sea.

La mujer ha quedado tendida sobre la cama y así permanece varios días hasta que es hallada por la policía. Para entonces, la descomposición está haciendo su tarea a conciencia.