Sesenta años juntas, sin haberse separado nunca, compartiéndolo todo, habían acabado con su paciencia. Los padres ya no podían intervenir: él se fue cinco años atrás, agotado por un verano asfixiante; ella aguantó hasta hace siete meses, cuando un extraño acceso la dejó en la antesala. Aún resistió unas semanas, tal vez esperaba disfrutar la primavera, pero no le fue concedido.
No halló más alternativa. Necesitaba con urgencia descubrir la dicha de la soledad. Iba a disfrutar a su manera, sin trabas, sin obstáculos, sin testigos. Madurar la idea le había costado, pero ahora ya no había vuelta atrás.
Le resultó fácil conseguir en la droguería el producto y seguir las instrucciones al pie de la letra. Preparó una cena especial para celebrar su cumpleaños. Se esmeró como nunca, en la mesa no faltaba detalle, incluso colocó y encendió velas. La música suave de los antiguos boleros casaba a la perfección en aquel ambiente de fiesta. Rieron, evocaron tiempos juveniles, saborearon los manjares, bebieron del vino dulce que su madre tenía reservado para ocasiones especiales. Ella declinó probar la tarta: "se sentía demasiado llena". Bailaron un rato, hasta que el cansancio las venció. Al acostarse, ella se tomó una pastilla de somnífero, no deseaba impaciencias ni pesadillas.
A la mañana siguiente, llamó al médico y consiguió la certificación con toda normalidad. Posteriormente, llevó a cabo todos los trámites con semblante compungido y rigurosa eficacia. Los primos comentaban cómo iba a sobrevivir ella tras la desgracia. Empezaron a llamarla y estar pendientes, pero les despachó con suavidad: “No le quedaba otra sino acostumbrarse, y debía hacerlo ya”.
Una semana más tarde, comenzó las obras de reforma en la casa. En unos pocos días se las terminaron y se dedicó a tirar cuantos chismes inútiles le recordaban el pasado. Sentía una satisfacción inmensa al deshacerse de ellos. Decidió darse un capricho para completar la operación y se compró una cajita con seis bombones grandes. No consiguió acabarlos, pues con el tercero se atragantó y nadie pudo ayudarla.
Mª Evelia San Juan Aguado

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8 may 2009 | 11:22 AM
Jesús
No pudo ser diferente por más tiempo. Al menos la desdicha no fue impedimento para seguir hacia delante de la mejor manera en que le pareció, lo cual dice mucho de ella. Es una lástima que la historia haya terminado así.
Un abrazo, Veli.
8 may 2009 | 12:08 PM
jotatrujillo
Siempre, siempre, siempre, amiga Veli estamos necesitados de alguien. Aunque solo sea para un bombón que se atraganta.
Preciosa y triste narración. Espero que esa tristeza que sugieren tus palabras no alcance a la autora.
Un abrazo.
8 may 2009 | 08:02 PM
anikabell
A su modo cada uno encuentra sus salidas....
Un saludo acompañado de un besote, María Evelia.
Anabel.
9 may 2009 | 04:12 PM
angelsinalas
A veces nos puede el desaliento y se toman medidas que creíamos eran las correctas...pero puede que en cierta forma se vuelvan contra nosotros. Así es la vida.
Besos.
10 may 2009 | 08:19 PM
e.masip
Veli, elijamos el camino que elijamos, el de la compañía o la soledad, siempre nos conduce irremediablemente a la muerte. En esta ocasión: matar para morir. Bello relato.
Un abrazo y salud.
11 may 2009 | 12:38 AM
locaporlaluna
Un relato magistral, lo leí dos veces y volveré a hacerlo, así son las buenas cosas uno quiere más. Me quedé pensando...sólo el de Arriba tiene la última palabra, no?
besos
11 may 2009 | 02:41 PM
Jaime
Siempre cuesta creerse ese final, pero por desgracia sucede alguna vez. El paradigma del personaje queda bien retratado pero hay interrogantes.
¿Qué sucede en la mente de alguien que convive 60 años con otra persona, y de pronto deja de soportarla y la mata?
¿Depresión, locura, frustraccion traumática?
¿Son conscientes y culpables?
¿Qué opinas de un personaje así, Veli?
Un saludo
Jaime (taller del Naranco)
11 may 2009 | 05:33 PM
Veli
Jesús: se trata de una narración, no un caso real. Lo que sí considero es que pueda darse.
Juan, totalmente de acuerdo en la necesidad de otros. Lo que pasa a veces es que la convivencia se deteriora por pequeñas cosas repetidas el suficiente número de veces como para llegar al hastío. No tiene nada que ver conmigo, afortunadamente.
Anabel: es verdad que hay que encontrar las salidas, pero yo no quisiera que fueran tan drásticas...
Enrique: gracias, me alegro de que te haya gustado. Hagamos lo que hagamos, siempre la señora nos vencerá...
Lucía: tu opinión es muy valiosa para mí, por eso te la agradezco doblemente. Me alegra además que hayas disfrutado con el relato.
Jaime: un saludo especial, creo que es la primera vez que nos hablamos. Mi opinión es que una larga convivencia forzosa, entre personas que tienen formas de ser distintas, puede generar resentimiento, ganas de cambio. Pienso que pueden mezclarse la frustración y un punto de locura. Me parecen culpables, por supuesto, y conscientes de que están haciendo algo punible, con la esperanza de no ser descubiertos. El final, por ejemplo, es similar al que tuvo en la vida real la actriz Luisa Sala, hace ya bastantes años. El personaje responde a la propuesta de Fernando en el taller literario del Fontán. ¿Tienes Blog? Si quieres, podemos seguir en contacto.
Un abrazo agradecido a todos.
12 may 2009 | 11:28 AM
Jesús
Me alegra que se trate de una narración, Veli. Ciertamente, es una situación que podría darse, tanto como lo podría hacer, por ejemplo, en una pareja que disfrutan de una vida plena y feliz juntos ó sin más en un grupo de amistades que deciden vivir juntos. Unos minutos de soledad, tan habituales en la vida diaria de calquier persona, pueden ser suficientes para que suceda algo así. Trato de separar el hecho de la situación de la persona.
19 may 2009 | 08:58 AM
jaime
No tengo blog, Veli. Soy aprendiz en la escritura y en temas informáticos, pero procuraré estar en contacto en este blog. Gracias
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