“CANIJO”

Ciertamente, era canijo. Por eso causó impresión cuando aquel uno de septiembre se estrenó en su puesto de trabajo. Plantado en lo alto de la escalinata previa a la entrada principal, esperaba la hora de la entrada. Al observarlo desde una cierta distancia parecía un alumno nuevo; la impresión se desvanecía a medida que nos acercábamos a la puerta. Se diría que estaba hecho a escala. Tras los saludos y presentaciones de rigor, contó algunos datos elementales sobre sí mismo: el centro y lugar de procedencia, que estaba casado y era padre de familia, aunque de momento había venido solo, pues precisaba buscar vivienda. Al acabar la jornada pudimos comprobar que conducía un enorme coche tipo ranchera.

Pocos días más tarde se incorporaron los muchachos a las aulas. Conocerle y aplicarle el mote fue todo uno. Los colegas procuramos evitar que llegase a sus oídos. Para entonces ya habíamos detectado que el buen humor no era uno de sus rasgos más acusados. Mostraba un punto de desconfianza que no era usual en aquel claustro, hasta entonces casi familiar.

Se instaló en la ciudad con su familia un mes después. Descubrimos entonces que su mujer era alta, fuerte y discreta. Apenas se les veía juntos. Y nunca nos la presentó.

Su estancia en el centro educativo se prolongó unos tres o cuatro cursos, al cabo de los cuales pidió el traslado y desapareció tan sigilosamente como había llegado.

Se llamaba Macario y daba clase de solfeo.

Mª Evelia San Juan Aguado