El cobertizo se estaba convirtiendo, cada vez más, en un amasijo de objetos inútiles, guardados ‘por si acaso’ en el orden cronológico de su llegada al lugar. Josefa se iba sintiendo más y más incómoda con él, pero qué podía hacer si su gente le impedía tirar nada… convencida como estaba de que la gran mayoría de aquellos chismes no merecía mejor destino que el camión de recogida, tenía que resignarse y pasar por allí con cuidado de no rozar su ropa cuando necesitaba coger leche o patatas. Subía a casa cargada con el peso y la sensación de estar sometida a una especie de esclavitud absurda, a tener que hacer sólo lo que ellos decidían, sin más espacio personal que las horas de insomnio, que poco a poco le iban pasando factura en la salud. Y una ira sorda, oscura, crecía en su interior al tiempo que le recordaba cierta cobardía ingénita suya, más aún que los ojos miopes, causa de la vida estúpida que llevaba. Una ira que a veces le proponía soluciones drásticas y a veces se resolvía en un mal genio exteriorizado con ellos ante sus críticas frecuentes, o con algún objeto sólido. Tantos años de sometimiento, de servir al egoísmo ajeno, de ser por y para otros, en una ceguera que ningún oftalmólogo puede curar, para descubrir al fin el vacío vital y el sabor acre de haber equivocado su trayectoria.

Mª Evelia San Juan Aguado