¡Lástima de flores! Todas mustias, perdidas.
El sacerdote ofició sin especial interés, con aire de funcionario, procurando que la celebración no se alargase. Los asistentes eran personas que no le merecían ninguna consideración especial y en el panegírico apenas encontró algo interesante que decir.
De todos modos, eso no lo advirtió en ese momento Rufino. Estaba demasiado aturdido.
A la salida todos fueron despidiéndole con palabras afectuosas –apresuradas- y apretones de manos.
Se fue a su casa sin pensar en nada concreto. De lo que más se acordaba era de las flores. ¡Con el dineral que habían costado! De pronto, sintió la humedad de la ropa y un escalofrío se paseó por todo su cuerpo. Parece mentira -se dijo-, ayer mismo tanto calor y hoy parece acercarse el otoño.
Revivió por momentos las escenas del hospital, de esos pocos días, intensos en la espera, con insuficiente información médica, cada vez más pesimista. En su opinión, lo que había acabado con Adela era el tórrido verano.
Cuando entró en casa, recibió los saludos fríos del vacío, la ausencia, el desorden en la cocina y en el dormitorio. No había tenido tiempo para nada esta última semana. Habría que ponerse a la faena.
El estómago empezó a avisarle que no había recibido nada en todo el día. Preparó algo de cena y sin acabar de recoger se fue a la cama. Necesitaba urgentemente descansar, olvidar, recuperarse y lograr que las cosas volvieran a su ritmo ordinario.
Para el día siguiente aún le quedaban la incineración y el traslado de la urna al panteón familiar. Cuestiones que resolvió mecánicamente, sin pensar en lo que hacía, impulsado por la fuerza de los hechos consumados.
No conseguía acostumbrarse. Odiaba el desorden y la suciedad. Instalado en la nueva situación de soledad forzosa, sin más trabajo por hacer que recordar a Adela y adaptarse, pasaron bastantes días sin quedar registrados en su conciencia, en una especie de sopor indefinible, sin hacer nada concreto, viéndola a cada momento en cualquier parte de la casa.
Pero Rufino nunca había sido perezoso. Poco a poco, su mente lógica por naturaleza volvió a emerger y decidió que daría salida a las ropas de su mujer donándolas al asilo donde aún se encontraba una vieja tía de ella. Allí iban a ser bien recibidas y reutilizadas.
Y aunque no era nada partidario de tirar cosas, hubo de hacerlo con el calzado, pues era del todo inservible. De este modo –pensaba- evitaré el tormento cotidiano de verla cada vez que abro el armario. ¿Por qué habrá tenido que irse delante?
Le costaba sobremanera elegirse su ropa y coordinarla; era algo que Adela le había hecho a diario siempre. Lo mismo que recoger y colgar pacientemente la de ambos antes de acostarse cada jornada.
Pocos días más tarde, se le ocurrió revisar los cajones donde ella tenía sus cosas menudas. Tenía muchas dudas acerca de qué hacer con sus joyas. No eran gran cosa, pero al no haber hijas parecían quedar ociosas. Le había hecho algunos regalos en ocasiones muy especiales y ella se los había agradecido profundamente, pues le gustaba arreglarse y adornarse siempre para salir a la calle.
También había mudas sin estrenar, que esperaron tan previsora como inútilmente una ocasión de uso. Éstas irían también al asilo. Con las otras llenó una bolsa de plástico y la tiró a la basura sin pensarlo dos veces. ¿Qué hacer con los pañuelos de seda del cuello? Tal vez su hermana o su sobrina los querrían; tenía que preguntárselo. Bueno, también estaban las sobrinas de ella. Y en ese mismo cajón, abajo del todo, encontró dos cuadernos escolares totalmente desconocidos para él. Los dejó sobre la cama para revisarlos más tarde y volvió a guardar con cuidado los pañuelos y bufandas.
Con los cuadernos bajo el brazo pasó al salón y se sentó en el sofá. La intriga se estaba adueñando de él: ¿Qué podía apuntar su ingenua y cobarde Adela? ¿Acaso llevaba una contabilidad oculta?
Comenzó a hojear y enseguida se le llenaron los ojos de lágrimas. Esas que ella apenas había conocido en tantos años de matrimonio bien avenido, fluían ahora abundantes por su cara, le llegaban hasta el cuello.
Los dos cuadernos estaban llenos de hermosas poesías y algunos otros escritos que Adela había ido componiendo en secreto durante muchos años. La mayoría tenían una fecha. Aparecían también algunos dibujos, similares a los que se usan para el punto de cruz. Con una preciosa letra y sin apenas correcciones, aquellos escritos resplandecían ahora con una luz especial.
¿Cómo pudo vivir tantos años en la ignorancia? ¿Por qué nunca había querido mostrarle este aspecto a él?
Le dolía el descubrimiento como una quemadura, como un mazazo en la uña. Tarde empezaba a darse cuenta de que el balance de su matrimonio ofrecía algún número rojo que se le había escapado.
Con su habitual pragmatismo, decidió que la única forma de arreglar el asunto era publicar sus escritos en una edición particular y poner un ejemplar junto a la urna.

14 mar 2008 | 12:42 PM
jotatrujillo
La poesía secreta. La que muchas veces ayuda de manera silenciosa y es capaz de taponar los negros agujeros de una vida corriente y vulgar.
Es emocionante comprobar que de todo aquello que quedó (vestidos, pañuelos, zapatos, joyas), lo único trascendente, lo único que logró que lágrimas de recuerdo poblaran el rostro de Rufino, lo único, fueron dos libretas llenas de poemas.
Emotiva narración propia de quién tiene la sensibilidad y el arte de hacernos vibrar con las cosas cotidianas.
¿Cuantos cuadernos guardas tú, amiga Veli?
Un abrazo y mi admiración.
15 mar 2008 | 12:45 AM
Iñaki
Uy, Veli, no tienes idea de la sacudida que me acaba de dar este texto. Estoy en números rojos y son varias mis cuentas sin saldar
15 mar 2008 | 09:40 AM
Veli
Gracias por tus cariñosas palabras. Tu perspicacia siempre me asombra. Sí, tengo varios cuadernos. Y no todos son públicos, claro ;)
Iñaki, cuidadín con los números rojos. A este lado son peligrosos y supongo que allá también. Aunque hay quien dice que "el deber es lo primero"... ¿Qué piensas tú?
Saludos cariñosos a ambos.
15 mar 2008 | 11:46 PM
la-teja-de-vantablao
Buenas noches Veli. Me ha estremecido tu relato. Con cuatro cosas, has logrado un conjunto y un orden perfecto. Cuanto envidio esa capacidad narrativa que tenéis algunos para expresar lo esencial con lo cotidiano.
"Cuando entró en casa, recibió los saludos fríos del vacío, la ausencia...". Vaya trance este. Cuanto miedo encierra la soledad cruel del que se queda en la espera.
Por otro lado, creo que has incluido magistralmente esos pequeños ardides que la mente fuerza para dispersar la presión de lo insufrible : " De lo que más se acordaba era de las flores. ¡Con el dineral que habían costado!..." Eso, son intervalos evasivos, lagunas haciendo tregua, desvíos momentáneos en oposición a lo insoportable. Y con estas cuatro cosas y un manojo de triquiñuelas mentales vivimos el cada día y superamos momentos tan patéticos como el episodio que relatas.
Agradezco a jotatrujillo el que casualmente y sin saberlo, me haya facilitado llegar hasta tu blog.
Un abrazo a ambos
16 mar 2008 | 11:03 AM
pepetxu
Veli, en otras ocasiones me has sorprendido gratamente con tus poemas y haikus, pero en esta me has dejado mudo. No sabes la envidia que me dais las personas que sabeis escribir tan bien.
Salud
16 mar 2008 | 09:41 PM
e. masip
Veli, este precioso relato es un ejemplo más de tus virtudes narrativas. Me gusta como has trazado el ritmo y la sencillez de los acontecimientos. Además, con tu saber poético, consigues acentuar los momentos trascendentes. Enhorabuena.
Un abrazo.
30 ago 2008 | 06:47 AM
lupita-v-de-mosso
Hermosa, narración; el personaje de Rufino, su esposo, el compañero de todos los dias; nunca conocio a su mujer; el pudo tener una relación, plena en todos aspectos, y niminizo la capacidad de su compañera, la califica de cobarde; yo creo que se paso de valiente para vivir con un hombre de naturaleza, fria, y seca. felicidades, Veli.
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