Rafael Ruano era agente de una afamada agencia de viajes. Apreciaba atender al público, infundía confianza en los clientes con su sonrisa y un especial modo de tender su mano bronceada y descubrir el puño de la camisa abrochado con un gemelo en el que destacaban dos erres entrelazadas. Conocía de memoria cientos de lugares paradisíacos y los recomendaba con detalles que despertaban la curiosidad y las ganas de visitarlos. Nadie hubiera sospechado que aquellas imágenes tan convincentes eran inventadas y nunca había estado fuera del país.
Poco a poco, su oficina se iba especializando en lunas de miel y jubilados. Le agradaba especialmente sentarse frente a algunas parejas que llegaban ansiosas por su primer gran viaje y llenas de dudas sobre el mejor destino posible. Detectaba enseguida los gustos de la muchacha, su grado de ascendiente sobre el novio, la cantidad de dinero que estarían dispuestos a emplear y les ofrecía sin titubear un viaje de ensueño, pintado con colores de felicidad duradera que pronto les convencía. Cuando les acompañaba hasta la puerta para despedirles, sentía en la nuca una corriente de orgullo y satisfacción, de trabajo bien hecho.
Con los abuelos, menos sencillo, se lo planteaba como una especie de reto. Después de descubrir quién decidía en la pareja, no era infrecuente tener que convencer a uno de ambos de las ventajas de viajar, de la conveniencia de salir de casa y disfrutar más allá de lo cotidiano y conocido. Tampoco era un asunto menor la cuestión económica. A veces, las dudas sobre el destino eran tantas que le costaba un tiempo convencerles de que el lugar que les convenía era precisamente aquél que él les tenía previsto desde que atravesaron la puerta de entrada. Entonces su satisfacción era como una fiesta en medio de semana.
Pero un día de marzo, tras el beso a su mujer al regresar a casa, ella le dijo:
-Rafael, ya va siendo hora de que tú y yo hagamos uno de esos largos y maravillosos viajes que vendes.