Caminaba trabajosamente a lo largo de la acera. Llevaba un viejo bolso de color anaranjado y una bolsa de la compra de plástico blanco. Iba vestida con un pantalón de chandal gris claro y un jersey oscuro. El pelo, abundante y gris, alborotado. La cara, grande y angulosa. Dirigía su mirada hacia abajo. A la altura de un comercio de muebles de cocina, se detuvo, posó en el suelo la bolsa blanca, se agachó, recogió una colilla del suelo y la guardó en el bolso naranja.
Volvió a coger la bolsa y siguió su lento caminar...

Esta escena, totalmente real, la he visto esta tarde mientras regresaba a casa en el autobús. Sentí no poder ver algo más.
Puedo deciros que me impresionó profundamente, porque hace muchísimo tiempo que no presenciaba algo así.

Estamos acostumbrados a vivir aceptablemente bien, a disfrutar de un confort, a desconocer las penurias de otros, a preocuparnos en exclusiva de lo nuestro. Y a veces es bueno descubrir hechos que nos hacen reflexionar y son un aldabonazo a nuestra conciencia.