Ese alimento imprescindible para el cerebro; complejo vitamínico que deben tomar los niños para llegar a ser plenamente humanos; cajas fuertes que guardan los tesoros del conocimiento que heredarán las siguientes generaciones; edecanes de nuestra memoria, despertadores de la imaginación, maestros del lenguaje, magos de la escritura, juguetes tempranos de la infancia.
Cuando un niño toma en sus manos su primer libro y lo observa con interés, atención, fascinación, ingresa como socio de honor en el club de la humanidad.
Cuando un adulto observa a un niño que lee sentado en la base de una farola, muy cerca de la biblioteca, de la que seguramente procede el libro, sabe que la humanidad está a salvo.
Libros de piedra, madera, metal, papiro, pergamino, cuero, cartón, trapo...de papel. Con letras múltiples, dibujos, fotografías, relieves, troquelados, desplegables. En blanco y negro, en colores, grandes, medianos, pequeños, gruesos y delgados, en todos los idiomas del mundo.
Libros para jugar, aprender, entretener, informar, descubrir, mirar, reír, tocar, enseñar, desplegar, estudiar.
Aprecio sobremanera aquellos -¡hay tantos!- que puedes abrir al azar y siempre encuentras lectura sabrosa. Siempre tengo alguno de ellos sobre la mesita de noche para disfrutarlo antes de dormir. En las bibliotecas y en las librerías es gratificante pasear despacio la mirada por los lomos, leer los títulos, imaginar el contenido de los más llamativos.
Toda una larga vida dedicada a leer no sería suficiente para abarcar siquiera una buena porción de todos los que se publican. Hay que seleccionar, decidir con acierto qué leer, buscar los tesoros literarios, no precisamente los más anunciados ni los más vendidos.
Otros placeres que aprecio son visitar la feria del libro, buscar en las librerías de viejo, en los puestos del mercadillo, ese tesoro antiguo que solamente allí podrás encontrar, acaso algo ajado, manoseado, de papel oscurecido, con ese olor especial de los anaqueles polvorientos, ocres, descuidados. Y cuando lo encuentras, si el corazón palpita, mostrar indiferencia al preguntar el precio, pagar tras haber regateado y marchar con rapidez a casa para leerlo sin dilación.

P.D.: Estaría encantada de poder visitar la feria del libro en Madrid.