En esta hora de la anochecida todo parece sumergido en el silencio. Los pavos reales han desaparecido; las ardillas, antes tan inquietas, disfrutan su merecido descanso ocultas en sus nidos arbóreos. El cuchicheo de los pájaros entre los árboles ha enmudecido. Ni siquiera las palomas, tan despreocupadas como insolentes, osan perturbar esta mágica quietud crepuscular. El abundante follaje, que era verde profundo, ahora es negro, denso; sólo se vislumbran algunos agujeros que dejan traslucir el añil del cielo.
Los bancos descansan en soledad; el estanque es un espejo negro que refleja la luna creciente y una farola anaranjada.
Quietud, sosiego, aromas suaves de flores: todo insta a la reflexión en el paseo. Camina lenta por las sendas curvas que hacen del parque un laberinto, mientras se daja invadir suavemente por esa calma de primavera tardía y se olvida del tiempo. El hechizo la invita a seguirle: ahora es aquella adolescente que estudia con ahínco y sueña un futuro más libre que su presente. Lleva una falda escocesa de cuadros y un jersey negro, brillante, con escote de pico, tejido por su madre. Zapatos y calcetines, ¿cuándo va a conseguir que la deje llevar medias? Parece empeñada en que siga siendo niña, pero ella se siente mayor. Ayer, en el instituto, le preguntó el profesor de Historia y no pudo responder, pues ha estado casi una semana con fiebre en la cama. Ahora le va a tocar estudiar a fondo, hasta la letra menuda, para convencerle -tan desconfiado él- de que no fue una disculpa.
Dentro de unos días saldrá de excursión con toda la clase y dos profesores. Está previsto visitar durante cinco días Madrid, Toledo y Segovia. Le hace una gran ilusión este primer gran viaje de su vida, todo un acontecimiento. Va a llevar la cámara fotográfica de su prima y anotará en un cuaderno las impresiones que seguramente guardará toda su vida. No tien muchas amigas, es bastante tímida y retraída; tal vez por eso se refugia en los libros. Y por la férrea disciplina que vive en casa.
De pronto, el reloj empieza a anunciar con graves campanadas las diez, la noche cae sin remedio y el hechizo se rompe: hay que volver a casa. Abandona el parque a paso ligero mientras se pregunta: ¿Cómo han volado tantos años?