Ya era noche cerrada, aunque no habían dado las siete de la tarde. El camino, antes suave, se estrechaba por momentos, se iba empinando, se volvía pedregoso. Hacia la izquierda, recortadas sobre el cielo, las ramas secas y desnudas de los chopos. Unas nubes negruzcas descubrían a ratos la luna creciente, blanca de leche fresca. En el lado opuesto la oscuridad era casi total, pero se adivinaban los pinos añejos tapizando la pendiente. De trecho en trecho se asomaban al camino algunos matorrales espinosos.
Caminaban desde hacía un buen rato en silencio, fatigados, con ansia, mirando al cielo cada poco, pues los signos que percibían no eran alentadores. Iban bien embozados, cubiertos con ropas de abrigo hasta los ojos, pero el cierzo era glacial y penetraba agudo desde los pies a la cabeza.
Solo se escuchaba el crujido de las botas contra el suelo helado.
Las linternas alumbraban concienzudamente hacia adelante, siempre adelante. Las mochilas eran cada vez más pesadas. No se divisaba el refugio y el tiempo parecía detenido, inmóvil, petrificado.
Aunque nada decían, lamentaban la demora que habían tenido a la hora de comer en aquel pueblín donde la joven del bar les había ofrecido buen pollo y abundante charla.
Había peligro de que rompiera a nevar antes de llegar. Echaron una mirada al reloj: las siete y media. Les parecía que llevaban caminando infinitas horas, bajo aquel frío denso, pegajoso, que poco a poco se les iba apoderando.
En un nuevo estrechamiento del camino, allá en lo alto, el primero descubrió la silueta negra y cuadrada tan ansiada. ¡Por fin!- suspiraron con alivio.
Con las fuerzas renovadas por la proximidad de la meta, llegaron aún a tiempo de evitar la granizada que, tras un trueno seco, aterrador y un anguloso rayo, cubrió todo el monte de perlas.