Es domingo primaveral. Estamos en casa, atareados con la limpieza, el orden, la cocina. La mañana transcurre veloz cuando no se madruga. Conseguimos estar a punto para salir hacia la 1,30 -como siempre-; hoy la pareja amiga ha salido antes y nos va a esperar en la embocadura de la calle Magdalena.
-¿Has cogido las llaves?
-Sí, mujer.
-¿Llevaremos paraguas?
-¿Has mirado a ver qué tal día hace?
-Hay unas nubes espesas y está poniéndose oscuro.
-Pues venga, coge el paraguas. Acaba, que ya es tarde. El ascensor está esperando.
Cuando llegamos a la calle, decidimos tirar por Leopoldo Alas, para llegar antes.
Junto a la acera izquierda, por donde vamos, una larga hilera ininterrumpida de coches aparcados, como es habitual. Lo nuevo es que todos ellos, sin excepción, aparecen con el espejo retrovisor izquierdo en estado lamentable: unos, colgando; otros, descoyuntados; otros, rotos; algunos en el suelo... más de un centenar de automóviles averiados, en una acción inútil, absurda y violenta, realizada seguramente por alguien que no tiene nada que perder y descarga así su exceso de energías negativas. ¡Qué pena!