Lagunita presumida,
bordeada con primor
por la cola de caballo
entreverada de malvas.
Jardines incultos,
tan lindos, al menos,
como los urbanos.
Poblados de trébol,
con mil florecillas
brillantes, pequeñas
y cien lagartijas
que reptan alegres
cuando luce el sol.
Y ese riachuelo,
que ahora es camino
muy verde, florido,
hundido entre piedras.
Gramíneas en grano
se mecen con gracia
al compás tranquilo
del viento burlón.
Algunos castaños
que allá por febrero
fueron muy podados
responden ahora
luciendo verdor.
Los saúcos muestran
sus pañuelos blancos.
Flores, flores, vida,
los insectos chillan,
las nubes, viajeras,
saludan amables
nuestro caminar.
Árboles de fiesta,
helechos flamantes,
agitados nidos,
aves, cantos, grillos...
Faltan las tortugas
del pequeño estanque,
antes se asomaban
a tomar el sol
y todos los niños
subían a verlas...
Ahora, ya no.