Cuando tienes pocos años
no piensas en el final,
la vida parece larga,
el tiempo una eternidad.
En la época dorada
de los veinte hasta los treinta
sigues creyendo con fuerza
que nunca te morirás.
Hay un pasar cotidiano
hasta llegar a la "enta",
que transcurre en su volar
sin apenas enterarte
ni siquiera cómo va.
¡Ay! Cuando cumples cuarenta
todo cae de golpe ya:
vas pensando y cavilando
en que esto se va a acabar.
Poco a poco, la memoria
te refresca la verdad
ya tan cierta, tan sabida,
de que cuesta abajo vas
y por ello acelerando
cada año un poco más.
En llegando los cincuenta
no te quieres acordar
de que tienes cumpleaños,
mil goteras, sinsabores,
y tú aún sigues sin saber
qué de tus hijos será.
Sus estudios te preocupan,
su futuro te desvela,
su egoismo te trastorna.
¿Qué, con ellos, pasará?
Y unas vienen y otras van
ensartando las tristezas
con gotas de felicidad.
Cuando encuentras algo nuevo
te preocupa su durar.
Ya llegaste a los sesenta
y tu vida va a cambiar,
has de dejar la enseñanza,
piensa ahora en disfrutar
con lecturas y aficiones,
ya es tiempo de relajar
esas pasadas tensiones.
Y la vida que ahora venga
será un regalo especial
que agradecer a la suerte,
a Dios, al amor o al azar.

P.D.: Hoy cae un año más.