Para mí la fecha de hoy es imborrable. Creo que jamás podré olvidar los hechos que ocurrieron en Madrid: lo peor y lo mejor del ser humano a lo largo de unos días que debemos conservar en la memoria y transmitir a los pequeños, para que nunca vuelva a repetirse algo así...
Bajo los efectos de rabia contenida e impotencia por las preguntas que nos hicimos entonces -y seguimos haciéndonos- escribí este poema, deliberadamente duro, como la ocasión que lo provocó:
Atocha, Santa Eugenia, El Tío Raimundo...


Estaba la mañana alboreando
-Madrid, once de marzo, es aún invierno-
los trenes van reptando hacia un infierno
ciegos, veloces, sordos, desfilando
henchidos de personas que viajando
ignoran que las llevan al averno:
hombres, mujeres, hasta ese tierno
bebé que nada sabe y va mamando...
¿Qué saña criminal se ha desatado?
¿Qué fiebre de castigo, qué motivo?
¿Qué mentes sanguinarias lo han planeado?
¿Qué súcubos gestaron esta afrenta?
Os caiga como losa en cuero vivo,
malditos miserables, esta cuenta.