
Me tropecé contigo en primavera,
una tarde de sol delgada y fina,
y fuiste en mi espalda enredadera
y en mi cintura lazo y serpentina.
Me diste la blandura de tu cera
y yo te dí la sal de mi salina.
Y navegamos juntos, sin bandera,
por el mar de la rosa y de la espina.
Y después, a morir, a ser dos ríos
sin adelfas, oscuros y vacíos,
para la boca torpe de la gente...
Y por detrás, dos lunas, dos espadas,
dos cinturas, dos bocas enlazadas
y dos arcos de amor de un mismo puente.
RAFAEL DE LEON
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1 comentario
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9 feb 2006 | 06:22 PM
pepetxu
En las cosas de dos, los demás no importan.
Salud
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