Me la encontré en la calle. Se desplazaba lenta y torpemente apoyándose con fuerza en sus dos muletas. Bajita, rechoncha, con el pelo blanco rizoso y la cara aún rellenita, en la que destacaban unos ojos de mirada viva, brillante. Me cedió gentilmente el paso -ella iba muy despacito- con una sonrisa que destilaba complicidad; nos cruzamos, yo a mi casa, ella a la residencia.
Este fugaz encuentro con la anciana amigable, conocida de vista, me ha recordado ese dicho de que a partir de los 40 años (hoy diría yo que a los 50) cada quien tiene la cara que se merece, ganada a pulso a base de sus vivencias.
¡Qué agradable y reconfortante es encontrar personas que a pesar de su extrema ancianidad conservan en su faz los rasgos de la bondad, de la confianza en los demás, de las ganas de vivir con los demás, no contra ellos!
Visito asiduamente dos residencias diversas, por razones familiares. En esas escuelas de senectud se puede aprender mucho acerca de modos de envejecer. Abundan las mujeres, estadísticamente más numerosas.
Lo que más impacta son los variados rostros, más que los artilugios varios que precisan en muchos casos para desplazarse.
Hay quienes miran con curiosidad al visitante, saludan, sonríen... los hay ensimismados, con la mirada perdida, carentes de vida consciente. Algunos manifiestan un mal humor permanente.
Ahora bien, la inmensa mayoría son especialmente sensibles a una caricia, un beso amistoso, una pequeña ayuda, un comentario a su persona...se nota la necesidad que sienten de ejercitar la afectividad.
Si llegara a la edad de la viejecita del otro día, me gustaría ofrecer a las personas una cara semejante, amistosa, simpática...