Orín corrosivo de incertidumbre.
La parálisis pretende adueñarse.
Se impone una medicina drástica.
Mª Evelia San Juan Aguado

Escribir... leer... "escuchar"... y compartir opiniones.
Orín corrosivo de incertidumbre.
La parálisis pretende adueñarse.
Se impone una medicina drástica.
Mª Evelia San Juan Aguado

En su último libro, "UN HOMBRE POR VENIR", página 62, dice Fernando Menéndez:
"Tajo de blanco en un refugio azul. Si bien azul por consenso.
Alguien puso los medios para que hubiese azul.
Atraviesa la piscina por una calle lateral.
Su natación es prodigio de la tarde, sano coqueteo sin testigos".
Mi respuesta cambia el tercio. Dice así:
Un tajo infranqueable los separa.
La incomprensión discurre por el fondo.
Socavan los malentendidos.
Decía: me maltratas.
El silencio se ha vestido de hábito.
Mª Evelia San Juan
Hay que celebrar este día del mejor modo posible: con poemas. Feliz día a todos.
Aquí va mi pequeña contribución.
HAIKUS SENTIDOS
Los viejos olmos
el camino sin nadie
la tarde fresca.
-
Por el sendero
hablando conmigo misma
busco la clave.
-
La tarde muere
cae la ciega niebla
el bosque duerme.
-
Seres sin rostro
sólo yo soy la misma
vagan perdidos.
-
Viejo, caduco
todo lo que hoy veo
huele a pasado.
-
Silencio mustio
comemos nuestra comida
con pan de dudas.
Mª Evelia San Juan Aguado
http://www.mundofotos.net/foto/oxigeno_vida/716432/bosque-con-niebla

El barrendero
Hay que ver cuánta basura produce la gente. Cómo se nota que les importa un pito el trabajo de los que se la tenemos que recoger. Algunos la echan a los cubos de cualquier manera; luego, las bolsas se abren y ¡hala! A esparcirse por el suelo. Eso sin contar la caterva de gatos que de todo el vecindario acuden al festín. Todo el mundo debería pasar por este oficio, aunque sólo fuera una semana; aprenderían a valorar sus cosas, no derrocharían como los políticos y se cuidarían de utilizar bolsas nuevas y de cerrarlas bien.
La gente me pregunta a veces cómo se soporta pasar tanto tiempo entre malos olores. Suelo decirles que no es ése el mayor inconveniente, al menos en mi caso. Tengo el olfato semiatufado y casi no siento los hedores. Yo lo que peor llevo es sentir cómo alguna gente me mira por encima del hombro. Cada vez me preocupa menos, es cuestión de acostumbrarse.
Uno puede encontrar cualquier cosa recogiendo los cubos: desde una cacerola nueva a estrenar, pasando por dos pares idénticos de botas infantiles que se habrán puesto un par de veces, ropa de todo tipo –aparentemente nueva-, libros, revistas; hasta joyas, montones de piezas de cubertería e incluso dinero. Sin contar muebles y enseres de todas clases, que bien podrían amueblar bastantes apartamentos.
Cada vez que aparece un sobre nuevo, cerrado y abultado, hay que mirarlo por dentro. Nunca se sabe dónde nos espera la suerte. Hay que fijarse bien al volcar los cubos en el camión. Lo que llama la atención se recoge aparte y se revisa al finalizar la jornada. Entonces llega el momento de la búsqueda de tesoros.
Precisamente hoy tengo guardado un sobre de color crema, nuevo, en espera de saber qué contiene. A ver si acaba esta noche de una vez… no estaría nada mal que fuera una buena cantidad de dinero. Aunque fueran dólares. Le diría a mi Angelita que preparase las maletas para unas buenas vacaciones, por lo menos en Las Canarias. Porque hasta ahora a lo más que llegamos es a pasar unos días en el pueblo con sus padres.
¿A quién se le habrá ocurrido guardar juntos en un sobre todos estos tickets de fruterías, farmacias, supermercados, papeles tontos de avisos, incluso notas de partidas de tute cabrón?
Mª Evelia San Juan

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FERNANDO MENÉNDEZ, poeta asturiano, nacido en Oviedo, acaba de publicar "UN HOMBRE POR VENIR", en la editorial Icaria, colección Poesía, número 53.
Se trata de su octavo libro, que me gusta especialmente por el parentesco que le encuentro con los haikus, de los que ya sabéis que soy admiradora.
En un principio, podría pensarse que se puede leer en un pis pas, pero una reflexión serena da para mucho cuando se intenta profundizar en su peculiar manera de contar, de hacer poemas.
Al hilo de sus escritos, estoy haciendo unas respuestas:
Página 55: "Alivio de una palabra nueva, materna. Trinchera, sobrilar, pespunte.
Yo era el que iba vestido con retales.
Aquella tarde sin clase, el electricista nos regaló una culebra de cobre.
Cualquier objeto acaba fetiche".
Ésta es mi respuesta:
La Singer en el corredor al sol de la tarde.
Fascinante el vuelo de la rueda,
Incitante el vaivén del pedal.
Mi hermana pequeña se cosió el índice izquierdo.
No soltó una lágrima.
Mª Evelia San Juan

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El cobertizo se estaba convirtiendo, cada vez más, en un amasijo de objetos inútiles, guardados ‘por si acaso’ en el orden cronológico de su llegada al lugar. Josefa se iba sintiendo más y más incómoda con él, pero qué podía hacer si su gente le impedía tirar nada… convencida como estaba de que la gran mayoría de aquellos chismes no merecía mejor destino que el camión de recogida, tenía que resignarse y pasar por allí con cuidado de no rozar su ropa cuando necesitaba coger leche o patatas. Subía a casa cargada con el peso y la sensación de estar sometida a una especie de esclavitud absurda, a tener que hacer sólo lo que ellos decidían, sin más espacio personal que las horas de insomnio, que poco a poco le iban pasando factura en la salud. Y una ira sorda, oscura, crecía en su interior al tiempo que le recordaba cierta cobardía ingénita suya, más aún que los ojos miopes, causa de la vida estúpida que llevaba. Una ira que a veces le proponía soluciones drásticas y a veces se resolvía en un mal genio exteriorizado con ellos ante sus críticas frecuentes, o con algún objeto sólido. Tantos años de sometimiento, de servir al egoísmo ajeno, de ser por y para otros, en una ceguera que ningún oftalmólogo puede curar, para descubrir al fin el vacío vital y el sabor acre de haber equivocado su trayectoria.
Mª Evelia San Juan Aguado
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Lucen su mejor vestido
Para viajar a la nada.
Son más hermosas que nunca,
Pero les llega el ocaso.
Madre, las hojas secas,
Muertas de noviembre amargo,
Mojadas de lluvia intensa,
Ya estampan nuestras aceras.
Son de charol y de seda,
Vuelan con el aire fresco,
Son de galleta crujiente,
Plañideras al romperse.
Madre, yo quiero una manta
De pradera y hojas secas
Que cubra los pensamientos
Y cobije sentimientos.
Mª Evelia San Juan Aguado

Incomprensible
En la pequeña ciudad, apenas doce mil personas, no falta de nada. Hay una preciosa catedral gótica, un palacio episcopal célebre, siete parroquias, dos conventos, algunas capillas. Un cuartel militar casi vacío desde que se acabó la mili. Fábricas de dulces, comercios.
Los habitantes se conocen de siempre, recuerdan al dedillo sus genealogías y viejas historias; las escasas noticias vuelan y no hace falta radio ni periódico para estar informados.
Allí nació, creció y se casó bien joven. Era muy guapa; su novio, un buen partido, de los más conocidos en la ciudad y alrededores, dueño de un negocio que no falla, que con el tiempo llegó a ser concejal.
Pero Margarita confundió matrimonio con profesión religiosa y desde el mismo día de su boda se encerró en su casa para no volver a salir nunca más. En clausura tuvo tres hijos y vivió sin permitirse ver a nadie ni consentir que nadie la viera. Su mundo, la tele y la comida.
Al marido le tenía más o menos controlado por ser quien era. Tampoco le importaban las escapadas que pudiera hacer. Era un hombre tranquilo, resignado con la situación, al que siempre se encontraba con amigos haciendo la ruta de los vinos. Cuando llegaron los nietos su vida no cambió ni un ápice.
Hace quince días que se ha quedado viuda: a él le dio un infarto y en el velatorio –no le quedó otra sino ir- confesó el error que fue su vida.
Mª Evelia San Juan Aguado
Oviedo, octubre de 2008
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