La vida no le había tratado como él esperaba. Criado entre dinero innecesario y caprichos no pedidos, se consideraba merecedor de todas las satisfacciones y no aceptaba la más nimia frustración. Desde luego, el esfuerzo del estudio no estaba hecho para él; su periplo universitario se alargaba, consciente de la comodidad y facilidades de unos padres muníficos.
Conoció a Blanca una mañana de abril. Como hacía habitualmente, acababa de pirar las clases y salía en dirección a la cafetería donde seguramente ya le estarían esperando otros colegas para unas partidas de billar. Ella entraba decidida, con sus libros al brazo y un bolso de bandolera que le golpeó ligeramente en la pierna.
-¿Qué llevas en ese bolso, plomo?
Le respondió con una sonrisa y juntó las manos pidiendo disculpa. El brillo de sus ojos, su melena lacia, la falda corta y las botas altas le imantaron y se dio la vuelta para seguirla.
-Llevas demasiados libros. Deja que te ayude. ¿Qué curso estudias? ¿Cómo no te había visto hasta ahora?
Aquella labia mil veces ensayada hizo su efecto. Pronto se hicieron novios. Él se dedicó a rodearla de mimos. Dejó a sus amigos, sólo tenía tiempo para ella y estaban juntos a todas horas. Varios meses después, Blanca le dijo que estaba embarazada. Un mazazo que puso de acuerdo a los padres de ambos en la urgencia de casarlos y así reparar en lo posible el daño.
La boda se celebró con suntuosidad, hubo más de trescientos invitados, el banquete y la celebración dejaron en todos un grato recuerdo. Tras el viaje de novios ritual él comenzó a trabajar en la empresa de su padre, tenía que adquirir sentido de la responsabilidad y aportar a la economía familiar. Se decidió por acuerdo unánime que Blanca siguiera estudiando y acabara la carrera. Estaba próxima, lo podría conseguir a poco que se la ayudase desde ambas familias.
Cuando nació la pequeña Lucía las cosas empezaron a cambiar. Todo se torció. Las noches de llanto continuo de la pequeña, sin explicación causal, la dedicación de Blanca en exclusiva a ella, la ‘poca comprensión’ de los padres, que daban su apoyo a la mujer y le decían que todo era normal, le provocaron un cierto estado de depresión que intentó solucionar alejándose de casa y volviendo a frecuentar a sus amigos solteros. Cada noche regresaba más tarde y más tocado.
Hasta que no pudieron más y se divorciaron. Ella se quedó con la nena y él regresó al regazo de sus padres, pero ya no era como antes: se sentía culpable por primera vez en su vida. El fracaso le acosaba como una serpiente erguida frente a él, desafiante y no tenía modo de apartarlo de su mente. Hasta que una noche de copas e insomnio, al regresar a casa y sentir la soledad fría de su cuarto decidió acabar con todos sus problemas: abrió resueltamente la ventana y se lanzó al vacío.
El impacto al caer de pie sobre el suelo, desde un cuarto piso, le provocó la rotura de ambos tobillos. En el centro hospitalario le operaron con la máxima urgencia, pero tuvieron que amputarle ambos pies. Y comenzó una larga recuperación, una tremenda adaptación a las prótesis que le daban la sensación de andar con pies de plomo.
Mª Evelia San Juan Aguado
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