Querida madre,
Sé que esta carta te va a resultar insólita, después de tanto tiempo alejados por cuestiones que entonces me parecieron inaceptables y ahora veo nimias. Recién superada la adolescencia, mis ansias de volar prevalecieron sobre tus expertos sermones, Chonchi no era la persona idónea para mí. Había demasiados puntos de fricción posible entre ambos, desde sus vivencias previas hasta sus características personales, sin contar con su modo de entender la vida en pareja y su escasa disposición para acoplarse conmigo, que supiste adivinar en cuanto la llevé a casa ilusionado por que la conocieras. ¡Cuánta razón tenías!
Con mi trabajo apenas estrenado, sus arrumacos y ronroneos de gata experta pese a su juventud me sentía dueño de mi vida, me iba a comer el mundo. Alquilé un minúsculo apartamento, para mí el mejor chalé, y nos fuimos a vivir juntos. No queríamos relaciones desagradables, rompimos las amarras, las respectivas familias eran lastres que no deseábamos soportar.
Su presencia llenaba la casa. ¿Quieres saber lo que me encandiló de ella? Sus ojos azules algo miopes, sus mofletes blancos, su pelo rubio, tan opuesto al nuestro. Y, sobre todo, sus mimos, que me hicieron descubrir un mundo de delicias. Frente a tu sequedad, diría incluso dureza, ella era toda suavidad, nunca levantaba la voz. Sus carnes mórbidas, mi mejor cuna. Soñábamos periplos en mares de placeres.
Al principio, su ansia inagotable de dulces sólidos y líquidos me hacía gracia. Cuando me acariciaba con sus manos regordetas me transportaba a lugares donde la felicidad no tiene límites. Cierto es que su inactividad en la casa iba en aumento, pero apenas me daba cuenta. Poco a poco, iba quedando atrapado en una red absurda, me iba convirtiendo en un esclavo sumiso, capaz de salir en plena madrugada a buscar las golosinas que ella necesitaba con urgencia. Pero su peso aumentaba sin cesar y también su volumen…
La casa parecía haber encogido, pasaba con dificultad a través de las puertas, apenas podía moverse. Cuando empezó a necesitar ayuda personal el hechizo en el que estaba preso se quebró. Descubrí que ya no había sitio para mí en su lecho ayer al despertarme, había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.
Mª Evelia San Juan Aguado
Oviedo, 6 de octubre de 2009

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