Fue el primero en acusarme de ser su verdugo.
Sin pruebas y quizá doliéndole, pero había los que le susurraban.
Ya se sabe, en un pueblo perdido entre la mar y el monte
El tiempo pesa inmóvil y sólo cada mirada importa.
Gentes que viven de telarañas, de lentas esperas,
Acaso tienen corazón pero cuando hablan es veneno su palabra.
¿De qué podía acusarme si solamente habíamos sido dichosos?
(Tal vez la luna llena, la noche en que me llevó hasta el prado
Iluminado y ruidoso, fiesta arcaica de recios aldeanos).
Morder en el amor no es tan extraño cuando se ha soñado tanto.
Yo había gemido, sí, y en algún momento pude exagerar lo justo.
Después no hablamos de eso, él parecía orgulloso de ello.
Siempre parecen orgullosos si gemimos, pero entonces
¿Qué síntoma le pudo dar la pista y convencerle?
¿Qué memoria diferente tendrá el odio que sigue al desencanto?
Porque en esas noches nos queríamos
Más que si hubiéramos estado ausentes un año.
Bajo la luna, en las arenas enredados y oliendo a salitre y yodo.
Nunca me dijo nada, sólo atento a mis ojos, a mis labios,
Me perfumaba los senos con las hierbas
Que mi madre había guardado para sus cocimientos.
Hasta una noche, la recuerdo como un clavo en la boca,
En que sentí su peso como un fardo informe.
Oh la luna en su cara, esa muerta caricia
Sobre una piel que antes brillaba ardiente.
¿Por qué se tambaleaba, por qué su cuerpo se vencía
Como si su cabeza quisiera desprenderse?
-¿Estás enfermo? Tiéndete al abrigo, deja que te cubra con algo.
Lo sentía temblar como de miedo o bruma
Y cuando me miró su rictus de desánimo me heló.
Pero en la despedida tropezó y lo vi volverse todo mueca y dolor.
Sola en mi casa esperé abrazada a mis rodillas
Hasta convencerme de su definitiva ausencia.
El primero en acusarme de ser su verdugo, fue el primero.
(Lo habré mordido, morder en el amor no es tan extraño).
Lo morderé hasta el fin, morder en el amor no es tan extraño.
Homenaje a Julio Cortázar
(La vuelta al día en ochenta mundos)
Mª Evelia San Juan Aguado
Oviedo, 22 de enero de 2012