La Coctelera

Categoría: Historias cercanas

CUENTOS Y REENCUENTROS

Hola, amigos: quiero presentaros nuestro primer libro de narraciones, editado recientemente por la Editorial Laria, en Oviedo. Como podéis ver, tiene varios autores, en total 36, con temática variada y nudo común de un encuentro o un reencuentro. Consta de 199 páginas.

La presentación de la contraportada dice: "Los autores de este libro son cazadores de sueños que se arropan con palabras para no quedarse tristemente expuestos a la intemperie de los días que llegan agotados a la noche. Son escritores que no renuncian a urgar en sus heridas para encontrar en ellas la sal de la vida, que da sentido a las sensibilidades comunes..." Tino Pertierra.

La presentación oficial se hizo el día 29 del pasado mes en el club Prensa Asturiana de "La Nueva España", de los periódicos locales, el de mayor tirada.

Asistimos casi todos los autores y un numeroso grupo de familiares, amigos y conocidos, que nos arroparon e hicieron que el acto fuera muy agradable. El jueves siguiente sacó la reseña el periódico, con fotos.

La feria del libro que se celebró en la primera semana de mayo lo tuvo en sus estantes y puedo deciros que para mí fue una experiencia nueva, gratificante. Mis anteriores publicaciones han aparecido en libros colectivos editados por la Biblioteca pública, que se hacen todos los años para festejar el día del libro y no se venden en librerías.

El título de mi  relato es el siguiente: "Y viajaremos juntos".

 

 

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VÍCTIMAS Y VERDUGO -3

 

CAPÍTULO 3

 

Este dichoso Jota me tiene frita. Primero fueron las llamadas. No le contesté ni una vez. Siguió con los mensajitos. Cientos me ha mandado. Hasta creo que algunas veces me ha seguido con el coche. ¡Qué pesado! ¿Cuándo se convencerá de que lo nuestro está muerto? Nito me dice que lo denuncie, que lo suyo es acoso y ya está bien de molestarme. A mí me da pena, prefiero esperar a que se canse o se aburra. Debo tener paciencia. Será cuestión de un poco de tiempo; seguro que se le pasará.

Ha estado algunas veces en la sidrería y no me ha dicho nada; sí, se aplacará.

¿Qué hora será? Uf, se me está haciendo tarde. A ver si me da tiempo y hago la compra antes de entrar a trabajar. Necesito…ah, sí: fruta, huevos, azúcar y pan Bimbo. La nota, en el monedero para que no se me olvide nada. Un retoque con la barra de labios, dos gotas de perfume, paso por el baño y salgo escopetada. Que no se me olviden las llaves.

—Mario, hijo, cuida de tu hermano, que marcho a trabajar.

—Tranquila, mamá, yo me encargo del enano.

—Si vais a la playa, no le pierdas de vista.

—No te preocupes. Te esperaré hasta que vuelvas.

—Ya me encargo yo de la compra.

Tengo suerte con los chicos. Mario es bien responsable. Ojalá siga así, porque con los horarios que tengo estoy preocupada al dejarlos solos. Y que no me falte el trabajo, que tengo que sacarlos adelante.

Seguro que hoy martes no va a haber demasiado jaleo en la sidrería. Bueno, depende. A veces, sin esperarlo, se lían las cosas y no llega nunca la hora de cerrar.

¡Vaya! Ahí está Jota… esta vez viene directo hacia mí. No hay otra sino atenderle.

Mientras esté aquí, tranquila.

Me dice que tiene un regalo para los chicos, un juego caro de los que ellos me piden. No me queda más remedio que ir con él para que me lo dé. Parece que ha bebido bastante.

Voy a intentar que me lo dé sin tener que entrar en su casa. Estoy deseando que acabe esta historia, que me lleve a casa y punto.

Dice, repite que seamos amigos, no pide más. Si se conforma, me dejará en paz.

¡Qué buena noche hace! No se ve ni siquiera un gato. Tengo que entrar, pero esa copa que dice no pienso tomarla. Le convenceré sin llevarle la contraria.

Insiste, insiste… voy a pasar al cuarto, a ver si me lo da… ah, aggg… ¿qué es esto?… me está ahogando… tengo que gritar… aggg… me asfixio… suéltame, asesino… mis hijos… esto es el final, aggg…

La mujer queda tendida sobre la cama y así permanece a lo largo de varios días. La temperatura veraniega provoca una rápida descomposición de su cuerpo. El criminal se aleja de la casa y desaparece sin dejar rastro aparente. Será la policía, alertada por la familia de ella, quien contemple por primera vez el resultado de tanto rencor.

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VÍCTIMAS Y VERDUGO -2

CAPÍYULO 2

No puedo dejar de pensar en ella: sus besos, sus caricias, su forma de hacer el amor. Su pelo negro, brillante y suave; su piel cálida y oscura; esos ojos grandes, siempre pintados con arte; esa boca gruesa, jugosa y suave; una sonrisa que contagia y una voz grave que sabe a miel… me ha vuelto loco… no entiendo por qué se lió con ese puerco. Cada vez que los veo juntos me hierve la sangre, se me revuelven las tripas y me cabrea pensar en cómo le dará a él lo que me niega a mí. Es una golfa sin escrúpulos que no merece nada.

Si la llamo, no me coge el teléfono; si le pongo mensajes, no me contesta. Estoy que me muero por recuperarla y conseguir que sea mía, sólo mía. Algunas veces la seguí con el coche y tampoco logré que se subiera. Pero hoy va a ser distinto. Ya sé en qué sidrería trabaja y la voy a esperar a la salida. Ha de volver conmigo, quiera o no quiera. O mejor, entraré y la convenceré. Esta vez no se escapará.

(Ha estado bebiendo).

Son las 12,30, hora de ir a su encuentro. Debo estar convincente. Me siento bien. Hoy va a ser nuestra gran noche. Apenas hay clientela, mejor.

—Buenas noches, cholita.

—¿Qué haces tú por aquí?

—Quiero invitarte a una sidra. Como amigos. No la vas a rechazar… podemos ser amigos tú y yo ¿verdad?

—No sé… desde luego, lo que sí es seguro es que durante mi trabajo no bebo.

—Por eso no te preocupes. Te espero y nos la tomamos cuando acabes.

—Me esperan mis hijos en casa, bien lo sabes.

—Precisamente. Estuve de viaje la semana pasada y me acordé de ellos. Les traje una Nintendo DS, seguro que les va a gustar. La tengo en casa. Luego podemos pasar por allí y la recoges.

—No sé…no tengo ganas de volver a tu casa.

—No será necesario que entres. Pasamos por allí, te la doy y te acerco hasta tu casa.

—No quiero que se me haga tarde. Mario me espera siempre despierto.

—Te prometo no entretenerte. Sólo quiero que seamos amigos.

Mientras espera, sigue bebiendo. Tras cerrar el local, salen en el coche.

—Mira, cholita, lo mejor es que nos tomemos la última copa en mi casa.

—Es tarde. Me das el regalo de los niños y podemos tomar esa copa otro día.

—Vamos, mujer, será un ratito más. Ya te he dicho que luego te llevo a tu casa.

El coche sigue avanzando veloz por las calles ahora vacías. Las farolas iluminan la noche veraniega y ocultan el brillo de las estrellas. Cada minuta que pasa va creciendo en su interior con más fuerza la ira acumulada durante estos meses en que ella no ha estado con él. Nada turba la paz de la casa.

—Anda, choli, pasa un minuto. Cogemos el juego y nos vamos.

—Bueno. ¿Por qué abres con tanto cuidado?

—Esta cerradura no va bien. Voy a tener que cambiarla.

—Venga, choli, nos tomamos una copa; somos amigos, vamos a seguir siendo amigos, quiero ayudarte.

—Mejor me das el paquete y nos vamos. Tomaremos la copa cualquier día de éstos.

—¿Por qué tienes tanta prisa? ¿No voy a llevarte? Tranquila. Seguro que los chicos están durmiendo. Vamos a celebrar que somos amigos.

—Mira, Jota, tengo prisa, estoy cansada, no es buen momento. Otro día podremos seguir hablando. Llévame a mi casa, por favor.

—Pasa al cuarto, que está allí el paquete.

Ella va delante. Enseguida él se acerca por detrás, le echa las manos al cuello y aprieta con fuerza. Ella intenta zafarse, abre mucho los ojos, quiere gritar, nota que el aire le falta, se le hinchan las venas. Piensa en el inmenso error que ha sido creer a este hombre y se da cuenta de que ya es demasiado tarde.

—Aquí tienes el regalo, golfa de mierda. Ahora eres mía, de nadie más, sólo mía.

Saldré a dar una vuelta. Necesito pensar qué hacer ahora. La mulata se lo tenía bien merecido. No se juega así como así con Jota. Lo que está claro es que no puedo volver a casa. Tengo que desaparecer como sea.

La mujer ha quedado tendida sobre la cama y así permanece varios días hasta que es hallada por la policía. Para entonces, la descomposición está haciendo su tarea a conciencia.


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VICTIMAS Y VERDUGO

CAPÍTULO 1

 

—¿Dónde está mamá?

—No lo sé. Esta noche no ha vuelto.

—¿Y quién me hace a mí el desayuno?

—No te preocupes. Te lo preparo yo.

—Tenemos que llamarla.

—Ya lo he hecho yo unas cuantas veces y no lo coge.

—Pero ¿dónde puede estar?

—No tengo ni idea.

—¿Qué vamos a hacer?

—Acábate la leche, que vamos a casa de tía Lucila.

—Tita, ¿Dónde estará mamá?

—No lo sé, mi niño.

—¿Tú crees que se ha marchado para siempre?

—No, mi amor. Ya tú vas a ver que pronto estará con nosotros.

—Yo quiero que vuelva ya. Me portaré bien…

—Ya, ya, tranquilo, seguro que va a venir enseguida; algo habrá tenido que hacer. Pero va a volver luego, eso seguro.

—¿Nos vamos a quedar contigo?

—Pues claro, cielín. De aquí no os movéis hasta que vuelva.

—Mario dice que la ha llamado muchas veces y no contesta.

—Le habrá quedado olvidado el móvil en alguna parte y no lo oye.

—Tenemos que buscarla.

—Sí. Vamos a dar aviso a la policía.

Tras varios días de incertidumbre, sin noticias de la desaparecida, en casa de la tita Lucila se recibe una llamada de la policía avisando que han encontrado su cadáver. Mario se lo dice a su hermano pequeño del modo más suave que puede.

—Enano, tienes que ser mayor. La policía ha encontrado a mamá. Está en casa de Jota.

—¿Ese tío que no hace más que mandarle mensajes y perseguirla con el coche? ¿Por qué no la deja en paz? Ella ya no quiere saber nada de él.

—Escucha, enano, está muerta…

—¿Qué dices?

—Sí, lo que oyes. Está muerta. La mató él.

—¿Y qué vamos a hacer?

—No lo sé. Ya veremos.

—Yo quiero ver a mamá.

—Y yo también. A ver si nos dejan.

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PASE SIN LLAMAR

Vivían en una caravana que habían situado junto al puente, en terreno comunal. El agua no faltaba nunca. Con un generador pequeño y las bombonas de gas se arreglaban para lo demás. Eran dos familias numerosas, siempre se habían buscado la vida a su manera, las leyes ordinarias no estaban vigentes para ellos. Su liberalismo consistía en la ausencia de trabajo estable y regulado; carencia de cualquier tipo de horarios; alimentación irregular –hoy hartones, mañana hambre-; desconocimiento de la higiene; por lo demás, siempre con una alegría vital envidiable. Música, baile y jarana a flor de piel.

Descubrieron la casita en una de sus habituales correrías en busca de algo que afanar. En un barrio alejado  del centro, antigua, deshabitada, dos viviendas. Enseguida, tomaron la determinación. Compraron candados nuevos. Aprovechando la soledad nocturna, descerrajaron la puerta, sellada con una barra de hierro, y se instalaron dispuestos a hacerse dueños.

Mª Evelia San Juan Aguado

 

 

 

 

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HISTORIAS CERCANAS -4


El barrendero

Hay que ver cuánta basura produce la gente. Cómo se nota que les importa un pito el trabajo de los que se la tenemos que recoger. Algunos la echan a los cubos de cualquier manera; luego, las bolsas se abren y ¡hala! A esparcirse por el suelo. Eso sin contar la caterva de gatos que de todo el vecindario acuden al festín. Todo el mundo debería pasar por este oficio, aunque sólo fuera una semana; aprenderían a valorar sus cosas, no derrocharían como los políticos y se cuidarían de utilizar bolsas nuevas y de cerrarlas bien.

La gente me pregunta a veces cómo se soporta pasar tanto tiempo entre malos olores. Suelo decirles que no es ése el mayor inconveniente, al menos en mi caso. Tengo el olfato semiatufado y casi no siento los hedores. Yo lo que peor llevo es sentir cómo alguna gente me mira por encima del hombro. Cada vez me preocupa menos, es cuestión de acostumbrarse.

Uno puede encontrar cualquier cosa recogiendo los cubos: desde una cacerola nueva a estrenar, pasando por dos pares idénticos de botas infantiles que se habrán puesto un par de veces, ropa de todo tipo –aparentemente nueva-, libros, revistas; hasta joyas, montones de piezas de cubertería e incluso dinero. Sin contar muebles y enseres de todas clases, que bien podrían amueblar bastantes apartamentos.

Cada vez que aparece un sobre nuevo, cerrado y abultado, hay que mirarlo por dentro. Nunca se sabe dónde nos espera la suerte. Hay que fijarse bien al volcar los cubos en el camión. Lo que llama la atención se recoge aparte y se revisa al finalizar la jornada. Entonces llega el momento de la búsqueda de tesoros.

Precisamente hoy tengo guardado un sobre de color crema, nuevo, en espera de saber qué contiene. A ver si acaba esta noche de una vez… no estaría nada mal que fuera una buena cantidad de dinero. Aunque fueran dólares. Le diría a mi Angelita que preparase las maletas para unas buenas vacaciones, por lo menos en Las Canarias. Porque hasta ahora a lo más que llegamos es a pasar unos días en el pueblo con sus padres.

¿A quién se le habrá ocurrido guardar juntos  en un sobre todos estos tickets de fruterías, farmacias, supermercados, papeles tontos de avisos, incluso notas de partidas de tute cabrón?

Mª Evelia San Juan

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HISTORIAS CERCANAS III

“CANIJO”

Ciertamente, era canijo. Por eso causó impresión cuando aquel uno de septiembre se estrenó en su puesto de trabajo. Plantado en lo alto de la escalinata previa a la entrada principal, esperaba la hora de la entrada. Al observarlo desde una cierta distancia parecía un alumno nuevo; la impresión se desvanecía a medida que nos acercábamos a la puerta. Se diría que estaba hecho a escala. Tras los saludos y presentaciones de rigor, contó algunos datos elementales sobre sí mismo: el centro y lugar de procedencia, que estaba casado y era padre de familia, aunque de momento había venido solo, pues precisaba buscar vivienda. Al acabar la jornada pudimos comprobar que conducía un enorme coche tipo ranchera.

Pocos días más tarde se incorporaron los muchachos a las aulas. Conocerle y aplicarle el mote fue todo uno. Los colegas procuramos evitar que llegase a sus oídos. Para entonces ya habíamos detectado que el buen humor no era uno de sus rasgos más acusados. Mostraba un punto de desconfianza que no era usual en aquel claustro, hasta entonces casi familiar.

Se instaló en la ciudad con su familia un mes después. Descubrimos entonces que su mujer era alta, fuerte y discreta. Apenas se les veía juntos. Y nunca nos la presentó.

Su estancia en el centro educativo se prolongó unos tres o cuatro cursos, al cabo de los cuales pidió el traslado y desapareció tan sigilosamente como había llegado.

Se llamaba Macario y daba clase de solfeo.

Mª Evelia San Juan Aguado

 

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VACÍO VITAL

El cobertizo se estaba convirtiendo, cada vez más, en un amasijo de objetos inútiles, guardados ‘por si acaso’ en el orden cronológico de su llegada al lugar. Josefa se iba sintiendo más y más incómoda con él, pero qué podía hacer si su gente le impedía tirar nada… convencida como estaba de que la gran mayoría de aquellos chismes no merecía mejor destino que el camión de recogida, tenía que resignarse y pasar por allí con cuidado de no rozar su ropa cuando necesitaba coger leche o patatas. Subía a casa cargada con el peso y la sensación de estar sometida a una especie de esclavitud absurda, a tener que hacer sólo lo que ellos decidían, sin más espacio personal que las horas de insomnio, que poco a poco le iban pasando factura en la salud. Y una ira sorda, oscura, crecía en su interior al tiempo que le recordaba cierta cobardía ingénita suya, más aún que los ojos miopes, causa de la vida estúpida que llevaba. Una ira que a veces le proponía soluciones drásticas y a veces se resolvía en un mal genio exteriorizado con ellos ante sus críticas frecuentes, o con algún objeto sólido. Tantos años de sometimiento, de servir al egoísmo ajeno, de ser por y para otros, en una ceguera que ningún oftalmólogo puede curar, para descubrir al fin el vacío vital y el sabor acre de haber equivocado su trayectoria.

Mª Evelia San Juan Aguado

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