La Coctelera

Categoría: Historias cercanas

MIRADAS

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Nuria conservaba de su época de monja varias cosas: los ojos bajos –“no mires a los ojos de la gente” repetía a menudo la abadesa, como si conociese la canción-; el gusto por los garbanzos y un cierto menosprecio por el dinero, al que siempre había considerado como un gancho para arrastrar a las personas hacia sus bajas pasiones.

Trabajaba en su negocio de peluquería con esmero y buena atención a su clientela; lo mismo quitaba y disimulaba un odioso grano con manos expertas que se convertía en paño de lágrimas de clientas fieles agobiadas por vidas anodinas. Y todo con discreción y eficacia. Por eso, su horario de trabajo diario estaba colmado, había que pedirle cita con varios días de antelación.

Su hermana Rosa trataba con mimo las cabelleras, cortaba con estilo y ponía rizos y mechas por igual tanto a jovencitas como a señoras añosas. Parecía tener prisa perpetua, los nervios la acosaban siempre, como petardos prestos a estallar en el momento más inesperado. Por eso su salud era frágil y a veces sufría, pero seguía a diario en su puesto como jefa y responsable del local.

Siempre juntas, en casa y en el trabajo. Ayudaban a sus padres y hermanos, a los que visitaban con puntualidad cada semana en el pueblo. Nada de lo que puede hacerse con las manos les era ajeno. Pintaban el local cada año, lo decoraban con artesanía casera cada navidad buscando siempre la originalidad y la economía. Su gusto por la buena madera se evidenciaba en los muebles que habían ido adquiriendo y en un recipiente tallado con una cabeza femenina y el nombre del local en el que depositaban las diversas tijeras y navajas que usaban.

La tercera rueda del triciclo era Alba, la oficiala que trabajaba con ellas desde varios años atrás y disfrutaba de su confianza. Silenciosa e inteligente, había aprendido con rapidez todos los secretos que le transmitieron y sabía atender las demandas de la clientela con la misma eficacia de sus jefas. Pese a su juventud, derrochaba sensatez y acomodo a ese ambiente cambiante a lo largo del día según iban apareciendo las parroquianas. A cada una, la palabra justa, el acuerdo superficial, mientras las manos, el secador y el cepillo se encargaban de ponerle a punto la cabeza. Y servía café en vaso de plástico, para atenuar la espera mientras el mejunje hacía efecto sobre el cabello.

Cada año, en temporada baja, las hermanas hacían un largo viaje de una quincena que les aportaba descanso mental y conocimiento de lugares exóticos y misteriosos. Estaban dispuestas a pasear su maletín por cualquier parte del mundo. Eran amigas, más que clientas, de la empleada de la agencia de viajes; ésta tenía en cuenta las opiniones que le aportaban tras cada salida y les procuraba las ofertas más ventajosas. Su pasaporte, lleno de sellos extraños, siempre estaba a punto en el cajón de la mesilla. Además, guardaban en una preciosa caja de perfume todos los tickets de los viajes que habían hecho: era su colección secreta. En sus álbumes de fotos había paisajes esplendorosos, pasajeros que se habían hecho amigos durante la estancia en el vagón de un tren antiguo, de asientos incómodos; incluso unas momias egipcias.

Aquel lunes por la tarde, nada más abrir su local, se presentó una extraña mujer de mediana edad. Era morena, vestía un traje largo de color salmón, apoyaba su mano derecha en una sombrilla de encaje y en la izquierda traía una pamela adornada con una camelia blanca. Se dirigió resuelta a Rosa con mirada dura y pidió un peinado acorde con su atuendo. Mientras ésta le sugería un recogido con postizos, apareció Nuria. Acababa de preparar la camilla y había escuchado una voz lejanamente familiar. Se cruzaron miradas de hielo. La abadesa no quiso reconocerla.

Mª Evelia San Juan Aguado

Oviedo, 13 de febrero de 2011

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HAIKUS DE UN PASEO

 

 

La luna llena.

En la noche agosteña

Los grillos cantan.

-

El camino vacío.

Nuestros pasos resuenan.

Sombras, penumbra.

-

Un gato enorme.

En sus ojos recelo.

Huye hacia el huerto.

-

Farola grácil.

Un millar de mosquitos.

Danza incesante.

Mª Evelia San Juan Aguado

Agosto, 2010

 

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DE TRES EN TRES

No puedes abandonar. Ahora no debes. Llegaste hasta aquí; es lógico seguir. Ves algunos frutos; eso te anima. ¡Una meta cercana! Visualizas el premio: no es material. Otros también siguen, no estás sola. Luego, te preguntas: ¿De qué hablar? De tantas cosas…

—De los libros; de los pies; de las manos; de la vida; de la muerte…

—Hablar de libros: abarcar el mar. Día del libro. Qué bueno celebrarlo. Todos los años. Aroma que encanta. Comprar unos ejemplares; aunque queden tirados: apenas hay sitio… leerlos de noche. A última hora. Saborearlos en gotas; destripar sus entrañas; descubrir sus secretos; anotar sus logros; desechar sus fallos; fantasear con ellos. Compartirlos con amigos; comentar sus gustos; comparar vuestras ideas; enriquecerse así juntos. Vivir los libros: practicar sus consejos. Mirar las ilustraciones: disfrutar con ellas. Visitar la Biblioteca: sacar tres libros. Durarán quince días. Devolverlos con puntualidad. Repetir la operación. Asistir al taller. Aprender sobre libros. Practicar la escritura. ¡Publicar algunos relatos! Gozar con eso. Volver a escribir. Corregir sin tregua. Leer y rebuscar. Tener mirada crítica. Aprender de maestros. Seguir las instrucciones.

—¿Y los pies? Paradigma de simetría. Sustentan el cuerpo. Caminan, saltan, bailan. Trabajan, tocan instrumentos. Corren y juguetean. Japonesas: pies enanos; ahormados desde niñas; castigados y heridos. Africanos: pies chocolate; corren desnudos, veloces. Deportistas: pies musculosos; calzados con deportivos. Gentes de montaña: pies tan pequeños… trepan y escalan. Bailarinas: pies peonza… giran, giran, vuelan. Infantiles: pies regordetes; con dedos guisantes.

¡Qué coquetos son! Usan mil trajes: para el deporte; para el trabajo; para el paseo; para el ocio; para la fiesta; para la noche; para la playa; para el baile; para aparecer lindos; para estar abrigados. Pies en fila; pies que desfilan. Pies que ocultamos; pudorosos por deformes. Pies que exhibimos; enfundados en sandalias; pintadas las uñas. Hay pies silentes; les vale todo; a cualquiera hora; en cualquier tiempo. Otros, están desvencijados; se arrastran fatigados; malsostienen al dueño. Ávidos pies infantiles: usan uniforme deportivo. Juegan y saltan. Andan y nadan. Corren y bailan. Adolescentes, pies llamativos; cordones sin atar. Largos y estrechos. Anchos y cortos. Cansados del trabajo. Hinchados de noche; normales de día. Nunca hacen huelga.

—Mira las manos. Fíjate en ellas. Observa los dedos. ¡Siente sus caricias! Lávalas a menudo. Dales un masaje. Úntalas de crema. Ahora están calientes. Cuida las uñas. Ábrelas en estrella. Cierra los puños. Moviliza los dedos. La derecha saluda; carga las bolsas; escribe los relatos; limpia la casa; asea el cuerpo; peina la cabellera; maquilla la cara; cocina y friega; cose los rotos; borda unas flores; luce los anillos. La izquierda colabora; no queda rezagada; carga el paraguas; asegura el folio; cuida el detalle; coge los frascos; cepilla con estilo; acerca el espejo; recoge las cosas; sujeta la camisa; coge el bastidor; también exhibe anillos. Las dos lavan; las dos tienden. Planchan y recogen.

¡Cuán necesarias son! Manos de madre: el mejor bálsamo. Manos de abuela: sucedáneo de calidad. Manos de artista: creadoras de ilusiones. Curan y salvan; las del médico. Producen nuestra comida; las del agricultor. Consiguen los peces; las del pescador. Mejoran nuestra vida; las del fabricante. Otras cuidan ancianos: son manos acariciantes. Infantiles, exploran voraces. Otras empuñan armas: son manos ensangrentadas. Ayudan al nacer; acompañan al morir. Esenciales al amar. Libres al saludar.

Tiende tus manos; alguien te necesita. No las niegues; puedes ser solidario. ¡Qué satisfacción sientes! ¡Has actuado bien!

—¿Qué es vivir? Nacer sin permiso. Crecer sin consciencia. Jugar sin tregua. Ir al colegio. Consumir mil chucherías. Competir cada día. Estar siempre callejeando. Vestirse de marca. Calzarse de marca. Conseguir algunos amigos. Gastar a diario. Aprender pocas cosas. Empezar los novillos. Repetir en primaria. Entrar en secundaria. Pasar de clases. Pasar de estudiar. Salir de “finde”. Pertenecer al grupo. Minusvalorar la familia. Pedir dinero, exigirlo. Empezar a fumar. Explorar el alcohol. Jugar con drogas. Pelearse a menudo. Repetir cada curso. Ignorar el futuro. No querer trabajar. Depender de casa. Afiliarse a bandas. Graduarse como delincuente. Entrar en prisión. Descender al pozo. Ser un perdedor. Repetir la experiencia.

—Habrá otras vidas… eso sin dudarlo. Nacen con cariño. Maman con amor. Crecen en familia. Juegan con todos. Tienen abuelos cuidadores. Van al colegio. Aprenden con facilidad. Consiguen buenos amigos. Colaboran en clase. Sacan buenas notas. Hacen actividades extraescolares. Acaban bien primaria. Entran en secundaria. Siguen estudiando bien. Pertenecen al grupo. Ya desde primaria. Tienen apoyo familiar. No son gastadores. Practican algún deporte. Respetan al profesorado. Proyectan su futuro. Se marcan metas. Valoran el esfuerzo. Conocen la constancia. Dominan su voluntad. Son buenos ciudadanos. Bien considerados socialmente. Contribuyen al progreso. Algunos son notables; los hay desconocidos; buscan la felicidad; ganar mucho dinero; enamorarse con acierto; tener hijos inteligentes; repetir el esquema. También tienen vicios. Pero los ocultan. Con mucho esmero.

—¿Qué es morir? Cambiar de dimensión. Completar el ciclo. Cerrar los ojos. Olvidarse de respirar. Perder todo calor. Dejar de gozar. No poder sufrir. Desprenderse de todo. No necesitar nada. Viajar sin retorno. Descansar sin interrupción. Saldar tus cuentas. No cumplir años. Mudarse de ciudad. Provocar comentarios compasivos. Alimentar un tanatorio. Cambiar de traje. Abandonar las posesiones. Iniciar vidas inferiores. Convertirse en esqueleto. Volar al olvido. Regocijar a herederos.

Morir sin nacer. Morir de crío. Morir muy joven. Morir de adulto. Morirse de viejo. Siempre morimos pronto. Quisiéramos no morir. Prolongar la vida. Ahora, la juventud: un bombardeo diario. Ser jóvenes eternos. No sufrir enfermedad. Conservar la belleza. Permanecer, disfrutar, arrasar. Tenemos productos invasores. Ofrecen nueva juventud. Prometen borrar arrugas. Pretenden ser panaceas. Usan disfraces científicos. Aparentan ser infalibles. Nos venden felicidad. Hedonismo sin fronteras. Apelan al subconsciente. Muestran fotos convincentes. Oro, caviar, caracoles…Nuevos ingredientes extraños. De procedencia lejana. De exóticos lugares. Viejos camelos, remozados. Aparatos que modelan. Operaciones sin cuento: las llaman estéticas. Unas para aumentar; otras que reducen. La propaganda funciona. Sesiones de masajes. Inyecciones para rellenar. Quitar de aquí; poner luego allí. Jornadas en balnearios. Hoteles con Spa. La publicidad convence. El precio sube. Pero no importa. Pediremos un crédito. ¿Quién dijo miedo?

Mª Evelia San Juan Aguado

 

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META VITAL RECOBRADA

 

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto. Mi madre, artífice del mismo, me lo había repetido día y noche, dispuesta a participar en nuestra vida hasta convertirla en cosa de tres. Demasiados años de viudedad, apuros para salir adelante. Equilibrios para mandarme a la universidad fuera de casa, menos mal que pude mantener la beca toda la carrera. Mientras preparaba la oposición, todos sus desvelos se centraron en mí, aún más que antes. Los años fuera de casa me habían dado una independencia que a veces añoraba.

Me pregunto si tener el primer destino tan próximo a casa fue positivo o no. Ella se relajó y empezó a recuperar pasadas relaciones, salía alguna vez a la semana a tomar café con amigas de juventud y al volver siempre estaba alegre y dicharachera, me contaba atropellada datos de antes y de ahora, se reía; yo sentía alegría al ver que por fin le había llegado el momento de vivir con tranquilidad y sin agobios. Me contaba anécdotas de ellas y de sus hijos, se alegraba de verdad con sus éxitos.

Yo, mientras tanto, vivía enfrascada en mi trabajo, en mi timidez endémica; dedicaba a la lectura los ratos libres, le ayudaba en casa –no tanto como debiera- sin más preocupaciones ni deseos insatisfechos. Hasta que a ella empezó a rondarle la idea de que me hacía falta un buen marido, no iba a vivir siempre y alguien tendría entonces que cuidarme. A mí nada me dijo, de momento; cuando conoció a Eduardo, abogado y nuevo vecino del 3ºG, se dedicó a indagar sobre él, pues le había impresionado su aspecto joven, su soledad y una amabilidad que exhibía sin darse la menor importancia. Se las arregló para encargarle un trabajo y empezó a pedirle que le trajera los documentos a casa. Así fue como entramos en contacto: un café tras el papeleo, luego unas entradas de cine… en poco tiempo estábamos saliendo y congeniábamos a la perfección. Lo nuestro no era una pasión abrasadora, más bien nos dejábamos llevar por la inercia de la comodidad, de pisar terreno conocido, sin sobresaltos. Seis meses después, el doce de abril, nos casamos. Una boda sencilla, sin grandes celebraciones, pero muy emotiva, preparada con gran esmero por el primo Manuel.

El viaje de novios lo hicimos en coche particular, durante un a semana que dedicamos a descubrir las bellezas de la capital y al teatro. No había lujos, pero fue inolvidable. Con la suerte añadida de que el tiempo era espléndido. Mamá nos llamaba a diario, nos exhortaba a pasarlo bien; pero a los cuatro días ya preguntaba cuándo pensábamos regresar.

En un principio nos instalamos en casa de Eduardo, estábamos a gusto solos, hacíamos una vida de lo más normal. De momento buscábamos un tiempo de convivencia sin más, nada de niños, queríamos prosperar en lo profesional. Nada sencillo para mí, encasillada y con pocas perspectivas de ascenso. El bufete donde Eduardo trabaja se especializó en divorcios y pronto adquirió fama, sobre todo entre las mujeres, que lo recomendaban por el mejor medio: el boca a oreja. Así fue como Eduardo ascendió y se dedicó cada vez más a su faceta laboral. Abrieron una sucursal en la provincia, a cien kilómetros de distancia, y dos veces por semana viajaba para controlar su funcionamiento. Regresaba tarde, cansado, sin otras ganas que cenar y meterse en la cama.

Mi madre aprovechó la circunstancia para convencernos de la conveniencia de instalarnos los tres en su casa: aparte del ahorro tendríamos siempre la comida preparada y yo no estaría tanto tiempo sola. Una idea que él aceptó sin reservas y a mí me otorgó un plus de comodidad.

Pero llegó la crisis. La maldita crisis que muchos ignoraron hasta caer en el ridículo; la que se ha llevado por delante tantas ilusiones, la que ha empobrecido, de golpe, a casi todos. Y la gente dejó de divorciarse. Se cerró la sucursal y empezó a escasear el trabajo en el despacho principal. Eduardo, con más tiempo libre para pensar, descubrió que se hallaba lejos de conseguir su meta vital, inmerso en una vida anodina. Le molestaban mucho las quejas de mi madre sobre su pensión, que, por primera vez, había mermado. Según ella, eso era augurio de tiempos de escasez y miseria. Él decía que sus ilusiones juveniles habían regresado del subconsciente y le ordenaban actuar de inmediato, o no lo haría nunca. Me reprochaba mi tranquilidad y mi falta de ambición. En la oficina le debieron de dar alas, acaso creyendo que era una veleidad pasajera.

Tardó una semana en tomar la decisión. Aquel lunes, a mediodía, recibí una llamada desde su trabajo: me preguntaban si estaba enfermo, dado que no se había presentado ni explicado su ausencia. Sorprendida, aduje una excusa banal. No podía añadir que él había salido de casa como cualquier día.

Las numerosas llamadas que le hice a partir de ese momento daban una invariable respuesta: “Apagado o fuera de cobertura”. Comprobé que había llevado el coche. Le envié mensajes a lo largo de la tarde y de la noche: nada. El martes por la mañana, mi madre me apremió:

─Tienes que denunciar su desaparición. Puede haber sufrido un accidente o algo peor.

─Me han dicho que deben transcurrir veinticuatro horas para poder formalizar la denuncia. Si no tenemos noticias, esta misma tarde lo hago.

─Avisa en su oficina.

─Sí, voy a decirles lo que pasa. A lo mejor ellos nos pueden dar alguna pista.

En la comisaría me prometieron hacer toda clase de pesquisas y tenerme informada de sus resultados. No conseguí nada nuevo de la oficina. Mi madre martilleaba que no estaba haciendo lo suficiente para encontrarle. La cabeza me daba vueltas, a punto de estallar. Me tendí sobre la cama: deseaba que se me pasara lo antes posible el bloqueo que me embargaba. Durante el poco tiempo que dormí tuve un extraño sueño: me veía buscándole en una catedral medieval situada en lo alto de un monte, dando vueltas en torno a los muros, sin ver a nadie ni poder regresar a casa, pues el camino había desaparecido. Al despertar con un fuerte sobresalto me di cuenta de que aún no se me había ocurrido revisar los cajones de su mesita.

Había una nota colocada en el primero:

“Marisa, espero que alguna vez me comprendas y puedas perdonarme. No intentes buscarme, por favor. Me voy a un nuevo mundo, quiero hacer realidad material las promesas que nos hemos hecho en internet Sara y yo”.

Mª Evelia San Juan Aguado

Oviedo, 11 de marzo de 2010

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REBAJAS CON NIEVE

 

Melancolía invernal

tras los cristales

la nieve baja en cortina

plata arrugada en el cielo

luengas montañas asoman

en su nueva cercanía

los abetos orgullosos

exhiben sus flores blancas

los niños vuelven a clase

soñolientos desganados

a lo lejos cruje un trueno

rompe el cielo oscurecido

granizo-nieve ventisca

la calle viste de novia

en la radio las rebajas

repiten su cantinela

liquidamos nuestros precios

anímate y ven a vernos.

 

Mª Evelia San Juan Aguado

Oviedo, 8 de enero de 2010

 

 

 

 

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LA CARRETILLA VERDE

El señor Bonifacio era amigo de mi padre y carrero de profesión. Vivía con su esposa, la señora Antonia, y sus tres hijos en Ambasaguas, un pueblecito cercano a León. Tenía el taller acoplado a la casa. De vez en cuando se acercaba a la capital para comprar materiales que precisaba en su trabajo. Y se quedaba a comer en nuestra casa. Si necesitaban comprar enseres domésticos, le acompañaba la señora Antonia.

Un día llegó a casa cargado con un gran paquete, que entregó a mi hermano mayor: una preciosa carretilla de madera que había construido para él en su taller. Era igual en todo a las de verdad, salvo en el tamaño. Sólida, propia para jugar sin miedo con piedras, arena, trozos de ladrillo… Le gustó tanto que estuvo a su lado bastantes años. Cuando dejó de usarla, al hacerse mayor, la subieron al desván de la casa y allí reposó durante varios años.

Recuerdo aquellas comidas especiales, todos apiñados en torno a la mesa de la cocina, los mayores hablando de los sucesos del pueblo, de lo que habían comprado, de los planes a corto plazo… Solían traer una hogaza hecha en el horno de su casa. Pan metido en harina, bien cocido, con la corteza oscura, mucha miga y un ligero sabor ácido, porque estaba hecho con “hurmiento”: gloria pura para el paladar. Y duraba muchos días sin endurecerse. Otras veces nos traían una torta. La hacían con la masa del pan, plana, espolvoreada de azúcar y muy brillante. Fue una de las golosinas favoritas de mi niñez. En la época de la matanza, no nos faltaba la prueba a base de chorizos, morcilla y lomo adobado. Ninguno de los ibéricos actuales tiene el sabor de aquella carne que se criaba a lo largo de un año en el cubil casero. Para la fiesta del pueblo hacían dulces de varias clases, todos ellos exquisitos.

Pasada más de una década, la carretilla regresó a la vida activa: mis padres se la dejaron a mi primo. Nosotros supimos por mis tíos que fue uno de sus juguetes preferidos a lo largo de su niñez. Pero ese tiempo se acabó y esta vez quedó guardada en la casa del pueblo, olvidada, sin destino aparente, otra pila de años.

Cuando me casé, en diciembre del 73, el señor Bonifacio y la señora Antonia se convirtieron en mis suegros. Estaban jubilados, aunque en la casa seguía existiendo la zona del taller y él hacía algunos arreglos y cosas menudas.

Después de tener a nuestros tres hijos, a principios de los ochenta, nos preguntábamos si todavía tendrían mis tíos la carretilla. Apareció, la rescatamos y con unas reparaciones que le hizo mi marido, sobre todo en la rueda, que estaba desgastada, más dos manos de pintura verde, quedó como nueva. La dejamos en Ambasaguas para que jugasen cada fin de semana.

En aquella época había delante de la casa un gran montón de arena: el mejor parque para los niños del barrio. Se juntaban unos ocho o diez y con la carretilla eran felices haciendo caminos y túneles. Mi hijo mayor transportaba en ella por turnos a sus hermanos gemelos. Fueron varios años de dura brega para ella, ya cuarentona, que superó con cierta facilidad, aunque le quedaron rasguños y esguinces inevitables, no irreparables.

Transcurrida la infancia de mis tres hijos, descansó colgada en el taller otras dos décadas. Hasta hace tres años. La hija mayor de mi hermano llevaba cierto tiempo casada y había tenido un niño, Manuel, adorado por su abuelo, quien procuraba enseñarle el mundo en el menor tiempo posible.

Oye, Mari, ¿te acuerdas de la carretilla que me había regalado el señor Bonifacio?

Claro que me acuerdo. ¡Y de todo lo que jugabas con ella!

Es verdad. Le tenía un cariño especial. Para mí fue un juguete favorito. Como la bicicleta.

Pues el preferido mío era el muñeco Juanín, con su trajecito azul claro, su gorra visera con barboquejo del mismo color y sus zapatitos y calcetines blancos. Lo teníamos guardado en su caja y mamá me lo dejaba de vez en cuando.

―¿Dónde estará mi carretilla? Papá y mamá se la habían pasado a nuestro primo Miguel Ángel…

Sí, estuvo en el pueblo de La Veguellina un montón de años. Cuando los nuestros eran pequeños se la pedimos y la recuperamos. Mariano le hizo un arreglo a fondo, porque estaba deteriorada, sobre todo la rueda: le puso un aro de goma de neumático, la reforzó y volvió a pintarla de verde. ¿No te acuerdas de cuánto jugaron con ella en Ambasaguas?

Así, de momento, no lo recuerdo. Pero supongo que no fueron capaces de acabar con ella.

―La verdad es que la usaron muchísimo, sobre todo como taxi, para transportarse entre ellos. Pues ahí sigue, colgada en el taller, esperando una nueva generación de chiquillos. El próximo día que vayamos por León te la llevamos. Necesitará una reparación, pero seguro que vuelve a funcionar.

―Me voy a dedicar a fondo. Me hace una ilusión enorme dejársela como nueva para Manuel. Además, me va a servir como entretenimiento. Ya me estoy imaginando la cara que va a poner cuando se la lleve a Villanueva…

―Es todavía algo pequeño, dos años. Pero más adelante la disfrutará. Si necesitas ayuda, cuenta con Mariano.

―Ya sé. Creo que podré arreglármelas yo solo. Estoy deseando tenerla aquí.

―Es cuestión de unos días, no seas impaciente.

Esta vez el arreglo incluyó el cambio de algún tablero, un lijado a fondo y nuevo “look”: mi hermano decidió pintarla la mayor parte de rojo con algún detalle negro. Éste último nos pareció poco adecuado para el niño, aunque sí propio de una sexagenaria… que ha mudado su residencia a las cercanías de Madrid, donde sale al parque a menudo. Y no tiene tiempo de aburrirse, pues Manuel tiene un hermano pequeño, Marcos, que también se divierte con ella.

Si hay juguetes nacidos para gustar, si los mejores son los más sencillos, los que no necesitan más mecanismo que la fantasía infantil, nuestra carretilla es el mejor modelo.

Mª Evelia San Juan Aguado

Oviedo, diciembre de 2009

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CUENTOS Y REENCUENTROS

Hola, amigos: quiero presentaros nuestro primer libro de narraciones, editado recientemente por la Editorial Laria, en Oviedo. Como podéis ver, tiene varios autores, en total 36, con temática variada y nudo común de un encuentro o un reencuentro. Consta de 199 páginas.

La presentación de la contraportada dice: "Los autores de este libro son cazadores de sueños que se arropan con palabras para no quedarse tristemente expuestos a la intemperie de los días que llegan agotados a la noche. Son escritores que no renuncian a urgar en sus heridas para encontrar en ellas la sal de la vida, que da sentido a las sensibilidades comunes..." Tino Pertierra.

La presentación oficial se hizo el día 29 del pasado mes en el club Prensa Asturiana de "La Nueva España", de los periódicos locales, el de mayor tirada.

Asistimos casi todos los autores y un numeroso grupo de familiares, amigos y conocidos, que nos arroparon e hicieron que el acto fuera muy agradable. El jueves siguiente sacó la reseña el periódico, con fotos.

La feria del libro que se celebró en la primera semana de mayo lo tuvo en sus estantes y puedo deciros que para mí fue una experiencia nueva, gratificante. Mis anteriores publicaciones han aparecido en libros colectivos editados por la Biblioteca pública, que se hacen todos los años para festejar el día del libro y no se venden en librerías.

El título de mi  relato es el siguiente: "Y viajaremos juntos".

 

 

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VÍCTIMAS Y VERDUGO -3

 

CAPÍTULO 3

 

Este dichoso Jota me tiene frita. Primero fueron las llamadas. No le contesté ni una vez. Siguió con los mensajitos. Cientos me ha mandado. Hasta creo que algunas veces me ha seguido con el coche. ¡Qué pesado! ¿Cuándo se convencerá de que lo nuestro está muerto? Nito me dice que lo denuncie, que lo suyo es acoso y ya está bien de molestarme. A mí me da pena, prefiero esperar a que se canse o se aburra. Debo tener paciencia. Será cuestión de un poco de tiempo; seguro que se le pasará.

Ha estado algunas veces en la sidrería y no me ha dicho nada; sí, se aplacará.

¿Qué hora será? Uf, se me está haciendo tarde. A ver si me da tiempo y hago la compra antes de entrar a trabajar. Necesito…ah, sí: fruta, huevos, azúcar y pan Bimbo. La nota, en el monedero para que no se me olvide nada. Un retoque con la barra de labios, dos gotas de perfume, paso por el baño y salgo escopetada. Que no se me olviden las llaves.

—Mario, hijo, cuida de tu hermano, que marcho a trabajar.

—Tranquila, mamá, yo me encargo del enano.

—Si vais a la playa, no le pierdas de vista.

—No te preocupes. Te esperaré hasta que vuelvas.

—Ya me encargo yo de la compra.

Tengo suerte con los chicos. Mario es bien responsable. Ojalá siga así, porque con los horarios que tengo estoy preocupada al dejarlos solos. Y que no me falte el trabajo, que tengo que sacarlos adelante.

Seguro que hoy martes no va a haber demasiado jaleo en la sidrería. Bueno, depende. A veces, sin esperarlo, se lían las cosas y no llega nunca la hora de cerrar.

¡Vaya! Ahí está Jota… esta vez viene directo hacia mí. No hay otra sino atenderle.

Mientras esté aquí, tranquila.

Me dice que tiene un regalo para los chicos, un juego caro de los que ellos me piden. No me queda más remedio que ir con él para que me lo dé. Parece que ha bebido bastante.

Voy a intentar que me lo dé sin tener que entrar en su casa. Estoy deseando que acabe esta historia, que me lleve a casa y punto.

Dice, repite que seamos amigos, no pide más. Si se conforma, me dejará en paz.

¡Qué buena noche hace! No se ve ni siquiera un gato. Tengo que entrar, pero esa copa que dice no pienso tomarla. Le convenceré sin llevarle la contraria.

Insiste, insiste… voy a pasar al cuarto, a ver si me lo da… ah, aggg… ¿qué es esto?… me está ahogando… tengo que gritar… aggg… me asfixio… suéltame, asesino… mis hijos… esto es el final, aggg…

La mujer queda tendida sobre la cama y así permanece a lo largo de varios días. La temperatura veraniega provoca una rápida descomposición de su cuerpo. El criminal se aleja de la casa y desaparece sin dejar rastro aparente. Será la policía, alertada por la familia de ella, quien contemple por primera vez el resultado de tanto rencor.

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