El señor Bonifacio era amigo de mi padre y carrero de profesión. Vivía con su esposa, la señora Antonia, y sus tres hijos en Ambasaguas, un pueblecito cercano a León. Tenía el taller acoplado a la casa. De vez en cuando se acercaba a la capital para comprar materiales que precisaba en su trabajo. Y se quedaba a comer en nuestra casa. Si necesitaban comprar enseres domésticos, le acompañaba la señora Antonia.
Un día llegó a casa cargado con un gran paquete, que entregó a mi hermano mayor: una preciosa carretilla de madera que había construido para él en su taller. Era igual en todo a las de verdad, salvo en el tamaño. Sólida, propia para jugar sin miedo con piedras, arena, trozos de ladrillo… Le gustó tanto que estuvo a su lado bastantes años. Cuando dejó de usarla, al hacerse mayor, la subieron al desván de la casa y allí reposó durante varios años.
Recuerdo aquellas comidas especiales, todos apiñados en torno a la mesa de la cocina, los mayores hablando de los sucesos del pueblo, de lo que habían comprado, de los planes a corto plazo… Solían traer una hogaza hecha en el horno de su casa. Pan metido en harina, bien cocido, con la corteza oscura, mucha miga y un ligero sabor ácido, porque estaba hecho con “hurmiento”: gloria pura para el paladar. Y duraba muchos días sin endurecerse. Otras veces nos traían una torta. La hacían con la masa del pan, plana, espolvoreada de azúcar y muy brillante. Fue una de las golosinas favoritas de mi niñez. En la época de la matanza, no nos faltaba la prueba a base de chorizos, morcilla y lomo adobado. Ninguno de los ibéricos actuales tiene el sabor de aquella carne que se criaba a lo largo de un año en el cubil casero. Para la fiesta del pueblo hacían dulces de varias clases, todos ellos exquisitos.
Pasada más de una década, la carretilla regresó a la vida activa: mis padres se la dejaron a mi primo. Nosotros supimos por mis tíos que fue uno de sus juguetes preferidos a lo largo de su niñez. Pero ese tiempo se acabó y esta vez quedó guardada en la casa del pueblo, olvidada, sin destino aparente, otra pila de años.
Cuando me casé, en diciembre del 73, el señor Bonifacio y la señora Antonia se convirtieron en mis suegros. Estaban jubilados, aunque en la casa seguía existiendo la zona del taller y él hacía algunos arreglos y cosas menudas.
Después de tener a nuestros tres hijos, a principios de los ochenta, nos preguntábamos si todavía tendrían mis tíos la carretilla. Apareció, la rescatamos y con unas reparaciones que le hizo mi marido, sobre todo en la rueda, que estaba desgastada, más dos manos de pintura verde, quedó como nueva. La dejamos en Ambasaguas para que jugasen cada fin de semana.
En aquella época había delante de la casa un gran montón de arena: el mejor parque para los niños del barrio. Se juntaban unos ocho o diez y con la carretilla eran felices haciendo caminos y túneles. Mi hijo mayor transportaba en ella por turnos a sus hermanos gemelos. Fueron varios años de dura brega para ella, ya cuarentona, que superó con cierta facilidad, aunque le quedaron rasguños y esguinces inevitables, no irreparables.
Transcurrida la infancia de mis tres hijos, descansó colgada en el taller otras dos décadas. Hasta hace tres años. La hija mayor de mi hermano llevaba cierto tiempo casada y había tenido un niño, Manuel, adorado por su abuelo, quien procuraba enseñarle el mundo en el menor tiempo posible.
―Oye, Mari, ¿te acuerdas de la carretilla que me había regalado el señor Bonifacio?
―Claro que me acuerdo. ¡Y de todo lo que jugabas con ella!
―Es verdad. Le tenía un cariño especial. Para mí fue un juguete favorito. Como la bicicleta.
―Pues el preferido mío era el muñeco Juanín, con su trajecito azul claro, su gorra visera con barboquejo del mismo color y sus zapatitos y calcetines blancos. Lo teníamos guardado en su caja y mamá me lo dejaba de vez en cuando.
―¿Dónde estará mi carretilla? Papá y mamá se la habían pasado a nuestro primo Miguel Ángel…
―Sí, estuvo en el pueblo de La Veguellina un montón de años. Cuando los nuestros eran pequeños se la pedimos y la recuperamos. Mariano le hizo un arreglo a fondo, porque estaba deteriorada, sobre todo la rueda: le puso un aro de goma de neumático, la reforzó y volvió a pintarla de verde. ¿No te acuerdas de cuánto jugaron con ella en Ambasaguas?
―Así, de momento, no lo recuerdo. Pero supongo que no fueron capaces de acabar con ella.
―La verdad es que la usaron muchísimo, sobre todo como taxi, para transportarse entre ellos. Pues ahí sigue, colgada en el taller, esperando una nueva generación de chiquillos. El próximo día que vayamos por León te la llevamos. Necesitará una reparación, pero seguro que vuelve a funcionar.
―Me voy a dedicar a fondo. Me hace una ilusión enorme dejársela como nueva para Manuel. Además, me va a servir como entretenimiento. Ya me estoy imaginando la cara que va a poner cuando se la lleve a Villanueva…
―Es todavía algo pequeño, dos años. Pero más adelante la disfrutará. Si necesitas ayuda, cuenta con Mariano.
―Ya sé. Creo que podré arreglármelas yo solo. Estoy deseando tenerla aquí.
―Es cuestión de unos días, no seas impaciente.
Esta vez el arreglo incluyó el cambio de algún tablero, un lijado a fondo y nuevo “look”: mi hermano decidió pintarla la mayor parte de rojo con algún detalle negro. Éste último nos pareció poco adecuado para el niño, aunque sí propio de una sexagenaria… que ha mudado su residencia a las cercanías de Madrid, donde sale al parque a menudo. Y no tiene tiempo de aburrirse, pues Manuel tiene un hermano pequeño, Marcos, que también se divierte con ella.
Si hay juguetes nacidos para gustar, si los mejores son los más sencillos, los que no necesitan más mecanismo que la fantasía infantil, nuestra carretilla es el mejor modelo.
Mª Evelia San Juan Aguado
Oviedo, diciembre de 2009
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