Abrió los ojos y quiso mudar de piel.
No se lo permitieron.
Ahora va perdiendo escamas poco a poco.
Mª Evelia San Juan Aguado

Imagen: www.scjfrayluis.com/principal/Libros_animados.gif
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Abrió los ojos y quiso mudar de piel.
No se lo permitieron.
Ahora va perdiendo escamas poco a poco.
Mª Evelia San Juan Aguado

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Vieja patria que sufre en silencio
Bajo un yugo insufrible de plomo,
Mientras miles de ciegos electos
Se aprovechan del momio impasibles,
Sólo atentos a nueva elección.
Estirando las rancias costuras
De esta piel recosida de lágrimas,
Hoy las meigas cabalgan furiosas
Sobre potros rugientes, heridos,
Por caminos de incierto destino.
¿Cuántos tragos amargos nos quedan?

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El señor Bonifacio era amigo de mi padre y carrero de profesión. Vivía con su esposa, la señora Antonia, y sus tres hijos en Ambasaguas, un pueblecito cercano a León. Tenía el taller acoplado a la casa. De vez en cuando se acercaba a la capital para comprar materiales que precisaba en su trabajo. Y se quedaba a comer en nuestra casa. Si necesitaban comprar enseres domésticos, le acompañaba la señora Antonia.
Un día llegó a casa cargado con un gran paquete, que entregó a mi hermano mayor: una preciosa carretilla de madera que había construido para él en su taller. Era igual en todo a las de verdad, salvo en el tamaño. Sólida, propia para jugar sin miedo con piedras, arena, trozos de ladrillo… Le gustó tanto que estuvo a su lado bastantes años. Cuando dejó de usarla, al hacerse mayor, la subieron al desván de la casa y allí reposó durante varios años.
Recuerdo aquellas comidas especiales, todos apiñados en torno a la mesa de la cocina, los mayores hablando de los sucesos del pueblo, de lo que habían comprado, de los planes a corto plazo… Solían traer una hogaza hecha en el horno de su casa. Pan metido en harina, bien cocido, con la corteza oscura, mucha miga y un ligero sabor ácido, porque estaba hecho con “hurmiento”: gloria pura para el paladar. Y duraba muchos días sin endurecerse. Otras veces nos traían una torta. La hacían con la masa del pan, plana, espolvoreada de azúcar y muy brillante. Fue una de las golosinas favoritas de mi niñez. En la época de la matanza, no nos faltaba la prueba a base de chorizos, morcilla y lomo adobado. Ninguno de los ibéricos actuales tiene el sabor de aquella carne que se criaba a lo largo de un año en el cubil casero. Para la fiesta del pueblo hacían dulces de varias clases, todos ellos exquisitos.
Pasada más de una década, la carretilla regresó a la vida activa: mis padres se la dejaron a mi primo. Nosotros supimos por mis tíos que fue uno de sus juguetes preferidos a lo largo de su niñez. Pero ese tiempo se acabó y esta vez quedó guardada en la casa del pueblo, olvidada, sin destino aparente, otra pila de años.
Cuando me casé, en diciembre del 73, el señor Bonifacio y la señora Antonia se convirtieron en mis suegros. Estaban jubilados, aunque en la casa seguía existiendo la zona del taller y él hacía algunos arreglos y cosas menudas.
Después de tener a nuestros tres hijos, a principios de los ochenta, nos preguntábamos si todavía tendrían mis tíos la carretilla. Apareció, la rescatamos y con unas reparaciones que le hizo mi marido, sobre todo en la rueda, que estaba desgastada, más dos manos de pintura verde, quedó como nueva. La dejamos en Ambasaguas para que jugasen cada fin de semana.
En aquella época había delante de la casa un gran montón de arena: el mejor parque para los niños del barrio. Se juntaban unos ocho o diez y con la carretilla eran felices haciendo caminos y túneles. Mi hijo mayor transportaba en ella por turnos a sus hermanos gemelos. Fueron varios años de dura brega para ella, ya cuarentona, que superó con cierta facilidad, aunque le quedaron rasguños y esguinces inevitables, no irreparables.
Transcurrida la infancia de mis tres hijos, descansó colgada en el taller otras dos décadas. Hasta hace tres años. La hija mayor de mi hermano llevaba cierto tiempo casada y había tenido un niño, Manuel, adorado por su abuelo, quien procuraba enseñarle el mundo en el menor tiempo posible.
―Oye, Mari, ¿te acuerdas de la carretilla que me había regalado el señor Bonifacio?
―Claro que me acuerdo. ¡Y de todo lo que jugabas con ella!
―Es verdad. Le tenía un cariño especial. Para mí fue un juguete favorito. Como la bicicleta.
―Pues el preferido mío era el muñeco Juanín, con su trajecito azul claro, su gorra visera con barboquejo del mismo color y sus zapatitos y calcetines blancos. Lo teníamos guardado en su caja y mamá me lo dejaba de vez en cuando.
―¿Dónde estará mi carretilla? Papá y mamá se la habían pasado a nuestro primo Miguel Ángel…
―Sí, estuvo en el pueblo de La Veguellina un montón de años. Cuando los nuestros eran pequeños se la pedimos y la recuperamos. Mariano le hizo un arreglo a fondo, porque estaba deteriorada, sobre todo la rueda: le puso un aro de goma de neumático, la reforzó y volvió a pintarla de verde. ¿No te acuerdas de cuánto jugaron con ella en Ambasaguas?
―Así, de momento, no lo recuerdo. Pero supongo que no fueron capaces de acabar con ella.
―La verdad es que la usaron muchísimo, sobre todo como taxi, para transportarse entre ellos. Pues ahí sigue, colgada en el taller, esperando una nueva generación de chiquillos. El próximo día que vayamos por León te la llevamos. Necesitará una reparación, pero seguro que vuelve a funcionar.
―Me voy a dedicar a fondo. Me hace una ilusión enorme dejársela como nueva para Manuel. Además, me va a servir como entretenimiento. Ya me estoy imaginando la cara que va a poner cuando se la lleve a Villanueva…
―Es todavía algo pequeño, dos años. Pero más adelante la disfrutará. Si necesitas ayuda, cuenta con Mariano.
―Ya sé. Creo que podré arreglármelas yo solo. Estoy deseando tenerla aquí.
―Es cuestión de unos días, no seas impaciente.
Esta vez el arreglo incluyó el cambio de algún tablero, un lijado a fondo y nuevo “look”: mi hermano decidió pintarla la mayor parte de rojo con algún detalle negro. Éste último nos pareció poco adecuado para el niño, aunque sí propio de una sexagenaria… que ha mudado su residencia a las cercanías de Madrid, donde sale al parque a menudo. Y no tiene tiempo de aburrirse, pues Manuel tiene un hermano pequeño, Marcos, que también se divierte con ella.
Si hay juguetes nacidos para gustar, si los mejores son los más sencillos, los que no necesitan más mecanismo que la fantasía infantil, nuestra carretilla es el mejor modelo.
Mª Evelia San Juan Aguado
Oviedo, diciembre de 2009
http://gabycaporale.com.ar/version2/images/stories/acc_dormitorios/43accesorios1.jpg

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Verde, abrigada,
Bajo palio de hojas,
Palmera niña.
-
Piedras doradas,
Alta torre en plegaria,
Sol de noviembre.
-
Chopos y pinos.
Si los unos se duermen,
Los otros velan.
-
Asustadizos,
Dos gorriones cercanos
Alzan el vuelo.
-
Sobre la acera,
Triste ejemplo vital,
Un ave muerta.
-
Las hojas secas,
Los árboles desnudos,
Preludio y fin.
Mª Evelia San Juan Aguado
Oviedo, noviembre de 2009
Imagen:http://mw2.google.com/mw-panoramio/photos/medium/4120952.jpg

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¡Cómo me gustaría hacer lo que soñé esta noche! Estaba con Marcos y Juan. Teníamos un cohete espacial. Lo habíamos construído en el garaje de Marcos. Nos había ayudado su padre. Y decidimos probarlo en secreto. A Juan le pareció que la mejor hora iba a ser durante la siesta. Y todos estuvimos de acuerdo. A las 3,30 quedamos para hacer nuestro viaje espacial. Ibamos equipados con los cascos de las bicis y las gafas de buceo. Llevamos el cohete hasta el final del jardín y nos metimos dentro. Sorteamos y me tocó ser el primero en ir de piloto, así que yo iba delante y ellos dos atrás. Nos atamos los cinturones y todos a la vez recitamos fuerte las palabras mágicas de ponerlo en marcha:
—“Etecoh ocipaes la buse” (o sea, sube al espacio, cohete).
Y enseguida empezó a subir a las nubes. Al principio iba despacio, pero pronto empezó a aumentar la velocidad y en pocos minutos estábamos por encima de una nube blanca que parecía de azúcar. Yo enfilaba hacia arriba, esquivando la luz del sol, porque no quería que nos cegara los ojos. Le dije a Marcos que sacara el mapa de viaje que habíamos dibujado la otra tarde. Se puso a buscar en la mochila y no lo llevaba, pero sacó un paquete de galletas con chocolate y empezó a repartirlas. Menos mal que Juan dijo que no nos preocupáramos, que se acordaba perfectamente de la ruta. Lo malo es que no iba de piloto, pero prometió indicarme sin equivocarse los cambios de dirección. Y era un buen copiloto.
¡Qué guay ver desde el cielo las casitas tan pequeñas y el río de color gris! Las vacas apenas se distinguían y los coches en la carretera eran como hormigas que apenas se movían.
De pronto, vimos a lo lejos un avión enorme volando mucho más alto que nosotros. Soltaba una raya de humo blanco y hacía un ruido que nos dejaba sordos. Justo cuando iba a pasar por encima de nuestra nave sentí como un vaivén, un temblor raro…y me desperté.
Imagen: www.teleobjetivo.org

Querida madre,
Sé que esta carta te va a resultar insólita, después de tanto tiempo alejados por cuestiones que entonces me parecieron inaceptables y ahora veo nimias. Recién superada la adolescencia, mis ansias de volar prevalecieron sobre tus expertos sermones, Chonchi no era la persona idónea para mí. Había demasiados puntos de fricción posible entre ambos, desde sus vivencias previas hasta sus características personales, sin contar con su modo de entender la vida en pareja y su escasa disposición para acoplarse conmigo, que supiste adivinar en cuanto la llevé a casa ilusionado por que la conocieras. ¡Cuánta razón tenías!
Con mi trabajo apenas estrenado, sus arrumacos y ronroneos de gata experta pese a su juventud me sentía dueño de mi vida, me iba a comer el mundo. Alquilé un minúsculo apartamento, para mí el mejor chalé, y nos fuimos a vivir juntos. No queríamos relaciones desagradables, rompimos las amarras, las respectivas familias eran lastres que no deseábamos soportar.
Su presencia llenaba la casa. ¿Quieres saber lo que me encandiló de ella? Sus ojos azules algo miopes, sus mofletes blancos, su pelo rubio, tan opuesto al nuestro. Y, sobre todo, sus mimos, que me hicieron descubrir un mundo de delicias. Frente a tu sequedad, diría incluso dureza, ella era toda suavidad, nunca levantaba la voz. Sus carnes mórbidas, mi mejor cuna. Soñábamos periplos en mares de placeres.
Al principio, su ansia inagotable de dulces sólidos y líquidos me hacía gracia. Cuando me acariciaba con sus manos regordetas me transportaba a lugares donde la felicidad no tiene límites. Cierto es que su inactividad en la casa iba en aumento, pero apenas me daba cuenta. Poco a poco, iba quedando atrapado en una red absurda, me iba convirtiendo en un esclavo sumiso, capaz de salir en plena madrugada a buscar las golosinas que ella necesitaba con urgencia. Pero su peso aumentaba sin cesar y también su volumen…
La casa parecía haber encogido, pasaba con dificultad a través de las puertas, apenas podía moverse. Cuando empezó a necesitar ayuda personal el hechizo en el que estaba preso se quebró. Descubrí que ya no había sitio para mí en su lecho ayer al despertarme, había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.
Mª Evelia San Juan Aguado
Oviedo, 6 de octubre de 2009

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Orín corrosivo de incertidumbre.
La parálisis pretende adueñarse.
Se impone una medicina drástica.
Mª Evelia San Juan Aguado

Días perdidos
Incertidumbre turbia
Paralizante.
-
Sombras oscuras
Desgarro interno hondo
Hambre de ideas.
-
Nubes plomizas
Se adueñan de la mente
Enmudecientes.
-
Sequía sorda
Apaga los sonidos
Ciega, invasora.
Mª Evelia San Juan Aguado
Oviedo, 1 de octubre de 2009
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